POÉTICA PLATEADA




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Estoy leyendo Después de Rita. Otra vez. Recuerdo la primera vez que la leí. Fue durante el desayuno. Al final de la tercera página, levanté la cabeza. «Este tío escribe como yo o yo escribo como él o escribimos los dos igual». Eso dije.
No me gustan las etiquetas. Y sin embargo pondría más. El lector tiene derecho a saber lo que adquiere. La etiqueta temática ya nos dice algo. Novela rosa, social. La etiqueta lingüística apenas se usa. Novela experimental, esteticista.
Compongamos una filigrana plateada con la opinión de la crítica sobre Nueve semanas (justas-justitas):
Destila ruptura.
Osadía creativa.
Original propuesta.
Totalmente diferente.
Experimento narrativo.
Secuencias como dardos.
Una suerte de anti-novela.
Una novela fuera de la ley.
Propuesta artística de riesgo.
Divertida reinvención del género.
Una novela absolutamente inesperada.
Literatura entendida como juego continuo.
Se podría pensar que con esto ya está todo dicho. Pero lo cierto es que nadie ha profundizado en la poética de 9semanas & DdRita. La ambigua etiqueta lingüística no nos sirve. Y como presiento que nadie va a hacerlo, lo haré yo.
(No voy a recabar información sobre DdRita. Pues considero que la filigrana plateada también la define. Para los curiosos: Veloy la terminó en julio de 2013; yo, en septiembre de 2012. Pez de Plata publicó DdRita en 2013 y 9semanas en 2016).
En estas dos novelas, la prosa es prosa a golpe de pensamiento (sin aditivos, sin adornos, seca como la vida abierta). Las frases encierran múltiples frases. Son frases ampliables. Desarrollables.
Se trata de una poética que se debe interpretar. El lector, si lee bien, se descubrirá interpretando a todos los personajes. El lector también debe rellenar los huecos. La lectura ha de ser, pues, reposada.
La lectura de un lector-actor.
Consideraba necesario escribir esta introducción. La próxima semana empezaré a poner ejemplos, a dar explicaciones. La he llamado poética plateada en honor a Pez de Plata, la editorial-madre que nos ha permitido ver la luz.
El análisis será semanal y desarrollará los siguientes temas:
Las descripciones plateadas.
El párrafo con ratificación aparte.
La indispensable pausa del punto-seguido.
La eficacia de las exclamaciones inesperadas.
La ironía de los paréntesis y las filigranas plateadas.
La fuerza de los pensamientos puros: «escribir a golpes».
La trascendencia de las palabras compuestas y de los dos puntos.
La precisión de los sufijos diminutivos, aumentativos y despectivos.
(Sí, eso de arriba es otra filigrana plateada ascendente; también las hay descendentes, regulares e irregulares).

2
Como la poética plateada es concisa, sus descripciones humanas se resuelven en un párrafo. El lector puede (y debe) ampliar el retrato. Se convierte así en lector-escritor. Es lo que tiene esta literatura plateada: te invita, te provoca, te inspira.
«Sesenta años. Pelo platino. Un tatuaje en el brazo. Dedicado a alguien llamado Antonio. Voz de Ducados. Tetas fellinianas. Inmensas en su generoso escote. Ésa es Purificación».
«En su lugar, una presentadora. Una presentadora que me es familiar. Rubios rizos lacados, cara de triángulo equilátero. Pecas pintadas con rotulador. Sonrisa de piruleta de fresa».
«Dedé tiene los ojos negros. Muy negros. Supernegros. ¡Negrísimos! No se maquilla. En absoluto. Su rostro es ovalado, flexible, convincente. Por lo general sonríe con levedad. También evoluciona por la casa con levedad. Y me contempla con levedad (y eso me excita [de forma leve]). Dedé es la delicadeza hecha mujer, el ciclón templado, mi primavera particular».
Tres descripciones. Las dos primeras de DdRita; la tercera, de 9semanas. Frases cortas. Contundentes. Sugestivas. En estas dos novelas hay ironía, pero se trata de una ironía emotiva, realista, delicada. Contradictoria y amarga como la vida misma.
A veces, los párrafos (sean descripciones o no) cuentan con su ratificación aparte. La llamo «ratificación aparte» porque siempre va después de un punto y aparte. La ratificación es corta, nunca supera la línea.
«Paso las tardes y las noches en el sofá. Recostado sobre un cojín. Bebo un par de cervezas bien frías. Dos o tres cervezas, sólo a veces cuatro. Casi nunca cinco. Apenas como nada, estoy delgado. De un modo casi enfermizo.
Araña pálida».
«Dos rosas. Blancas. Todavía sin abrir. Capullitos (con perdón). Tan delicadas… Una para la madre y otra para la hija (depositadas con suavidad junto al plato correspondiente). Y ahora es a Nené a quien se le cae la baba. Vale, a Dedé también (aunque menos). Apúntate un tanto, colega. ¿Y qué hace Kladd? Ah, amigo, no te esperabas esto, ¿eh? Sí, disimula, disimula…
¡Toma!».
Compruebo durante este estudio que DdRita contiene más párrafos con ratificación aparte, mientras que en 9semanas abundan más los párrafos con ratificación seguida. Novelas mellizas pero nunca gemelas.
Las frases cortas de las descripciones plateadas y las ratificaciones marcan pausas. El lector que se las come, se está comiendo la esencia de esta literatura. La expresión «Araña pálida» no solo refuerza su párrafo sino que también detiene la lectura.
La insistencia en la negrura de esos ojos no es redundancia sino amor. Cuando el lector-actor recita: «Dedé tiene los ojos negros», está interpretando el papel de un enamorado que, al pensar en su amada, se pierde en sus ojos: «Muy negros. Supernegros». El enamorado está abismado, los ojos de Dedé llenan la pantalla de su mente. Finalmente despierta: «¡Negrísimos!».

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En la poética plateada abunda el punto y seguido. Este punto es pausa. Es ritmo. Este punto es armónico. Y muy holista: el lector recibe cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que lo componen. Entre punto y punto, un mundo.
«Por un instante. Sólo un instante. Por un instante se hace presente. Deja de ser espectro. Y es real. Mi padre. Un instante. Real».
«Un bosque de castaños. Estoy casi segura de que son castaños. Parece desierto. Pero no. En un rincón de la foto. Bajo un castaño. Se puede ver una bufanda blanca».
«Estoy en Jávea. Sí, he dormido en casa de Nené. Aunque no con ella. Se nos hizo tarde y me ofreció una habitación. Toda una dama. Culito. Peritas. Ojitos. Negritos. Pelito cortito. Y zapatitos planos. Una Dedé madurita. Afrutada: huele a fruta madura. Me pregunto a qué sabrá. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Los dos primeros fragmentos pertenecen a DdRita; el tercero, a 9semanas. Podría hacer un experimento. Podría coger uno de estos párrafos y reescribirlo. Desplatearlo. Vulgarizarlo. Lo haré con el mío.
«Estoy en Jávea, pues he dormido en casa de Nené, aunque no con ella, se nos hizo tarde y me ofreció una habitación. Toda una dama, con su culito, sus peritas, sus ojitos negritos y su pelito cortito. También usa zapatitos planos. Una Dedé madurita y afrutada, huele a fruta madura, y me pregunto a qué sabrá. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Podría desplatearlo aún más, quitarle los diminutivos y la ironía. ¡Hagámoslo!
«Estoy en Jávea, pues he dormido en casa de Nené, se nos hizo tarde y me ofreció la habitación de invitados. Es delgada aunque con formas generosas allí donde una mujer ha de tenerlas, una Dedé madura, ojos negros, pelo corto, zapatos planos. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Si ahora le añadiera paja.
Si triplicase su tamaño añadiéndole paja.
Si lo hiciera, estaríamos ante un texto convencional.
No lo haré. No soy capaz. La paja. Ay, la paja… Me asusta. Me aterra. Qué miedo… Olvidémonos de ella. La paja, al pajar. Pasemos al siguiente punto: «La eficacia de las exclamaciones inesperadas».
«Una mañana me llama el Jefe de Contabilidad. Un tipo que uno olvida en el mismo instante ―¡ahora!― en que lo ve».
«Eso sí, en la calle suda. Y no poco. A menudo tiene que cambiarse la camisa. ¡Incluso la corbata!».
«Sospecha algo, lo presiento, y también (¡presiento!) que ella está adivinando que yo intuyo sus recelos».
«Se vuelca en mí, se vacía, vomita de manera sistemática, matemática, ¡escrupulosa! el contenido mental que me corresponde».
Estas exclamaciones inesperadas despiertan al lector, llaman su atención, le convierten en un lector-actor. ¡Interpreta! Eso exigen. Exclamaciones, puntos, interpretación. Y un lector-actor marcando los puntos, alzando su voz mental cuando el texto se lo pide, indignándose, enamorándose, reflexionando, interpretando todos los papeles de la novela-guion, un lector-actor que a veces se sorprende leyendo en voz alta, que a veces se sorprende en otra piel, en otro mundo, viviendo otra vida, reescribiendo la obra, haciéndola suya, descubriendo que ya no hay marcha atrás, que ya no le vale ser lector, un simple lector, que ahora (¡de aquí en adelante!) necesitará, querrá ser un lector-actor-escritor.

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Decía en el segundo capítulo que DdRita contiene más párrafos con ratificación aparte y digo en este (cuarto) que 9semanas contiene más paréntesis. Lo repito: novelas mellizas pero nunca gemelas.
«Organizamos nuestra vida en torno a este sueño. Lo cancelamos todo por un casting, eso por supuesto. Y no nos importa participar en proyectos alternativos. (Sin cobrar.) Ni en obras de teatro infantil. (Cobrando.)».
«Metió su tanga entre el colchón y el canapé, manchó el almohadón con carmín (un poquito [sólo un poquito]) y dejó un preservativo (nuevo [especial {con protuberancias}]) debajo de la cama (escondidito tras una pata)».
Los paréntesis encierran ironía y marcan una pausa. Se podría decir que son comas con carácter. El lector se puede comer una coma, pero un paréntesis impone más. Lo mismo ocurre con las filigranas plateadas: tienen carácter, imponen su pausa.
«Me parece a mí que este egregio señor no contaba con nosotros.
No se le pasó por la cabeza que podíamos entrar en juego.
Una Dedé muy enfadada ni siquiera nos hablaría.
Y Bloss Ñejer, si se enteraba, menos todavía.
Lo hizo tan bien¼: la trama perfecta.
Pero aquí estamos: primero yo.
Y voy a contarlo todo-todo.
Una verdad accesible.
Mi verdad».
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«Estoy sola.
Odio Barcelona.
Estoy sola».
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«Gruñidos,
gorjeos,
silencio».
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Una filigrana larga (9semanas) y dos cortas (DdRita). Estas dos novelas son minimalistas, esteticistas, vanguardistas. Apuestan por una poética directa, pura, rotunda.
Cuando se escribe a golpe de pensamiento, cuando se escribe lo que se piensa sin engalanarlo, cuando la literatura es un estado de ánimo, cuando la amargura (sorda) se traduce en ironía (sutil), cuando se escribe a golpe de sentimiento.
Surgen textos como estos:
«Sólo se oye el crepitar de los neones. A veces una tímida conversación telefónica. Pasos de alguien que va o de alguien que viene. Al lavabo, a la máquina del café, a una reunión.
Bostezos.
Aquí trabajo ocho horas al día, cinco días a la semana, cuarenta horas semanales.
Enero, febrero, marzo.
Archivando facturas».
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«Asiento con disgusto. Mi madre siempre consigue que me sienta mal (y asienta peor). Lo que digo, ya escribo como el tipo ese. Empiezo a pensar que estoy robándole el estilo (es-ti-la-zo). Porque él no tiene ninguna posibilidad… ¡Ladrona! Y pensar que nosotros (nos) somos la crema-cremita (cremosa) de la sociedad. Los dioses del nepotismo. Panza satisfecha y sonrisa jactanciosa. Movemos los hilos: ¡danzad, marionetas!».

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Ahora mismo no sé cuántas palabras compuestas-originales utilizan otras poéticas. En estas dos novelas abundan. En DdRita he encontrado siete. 9semanas contiene bastantes más, pero transcribiré otras siete.
1: Él apenas habla. Hombre-silencio
2: Abandonan la casa. Silencio-amenaza.
3: Sigo con mi trabajo-bostezo.
4: Un teléfono blanco-roñoso.
5: Pero no abruma con música-taladro.
6: Un gesto siéntese-aquí.
7: Avanza a grandes zancadas. Zancadas-grulla.
1: La primera vez te quedas descolocado-avergonzado.
2: Me mira con cierta dureza y señala mi libreta-diario.
3: Un obrero-cervecero.
4: La cajita-cenicero en medio.
5: Las mesas de la acera-terraza.
6: Lobas esteparias buscando al hombre-chollo.
7: Algo casi-caducado.
Me gustan estas palabras compuestas. Me gusta su precisión. Todos sabemos lo que es un teléfono blanco-roñoso. O un hombre-chollo. Definitivamente, siento que el guion unidor emite ironía-amable.
Qué extraña sensación... Es como si ambas obras compartieran esencia. Una naturaleza que cada autor ha canalizado a su manera. Considero... (...) Ahí me he quedado diez minutos, tal vez veinte. Considerando. Luego he hojeado mis últimas obras.
Ahora pienso que el título de la novela de Mariano Veloy encierra un presagio: Después de Rita no habrá retorno, al autor le será imposible volver, la vieja canción ya no le interesará. Después de 9semanas, lo mismo.
«Para mí, esto de seguir a la gente es pan comido: cuando era una adolescente lo hacía por diversión: elegía a un chico solitario y me iba tras él: ¡lo que vieron mis ojos!...», dice Dedé en 9semanas.
«Pero si persiste, por poco que ponga a prueba nuestra paciencia, entonces: nos aburrimos», dice Nino en DdRita.
«Pero qué gracioso es este Églex. Graciosísimo».
«Tiene la piel blanca. Blanquísima».
Por un lado están los detalles: la puntuación plateada (como esos dos puntos de arriba) o los sufijos plateados (como esos aumentativos de arriba); y por otro, la prosa cruda y clara, el tono, la rotundidad.
Cuando ahora leo mis viejos textos inéditos, entiendo que mi percepción de la Literatura ha cambiado. No sé qué haré con ellos, supongo que el supuesto editor tendrá algo que decir, pero de aquí en adelante no veo otro camino que no sea:
ampliar la poética plateada,
ampliar sus horizontes


Las Nueve semanas (justas-justitas) de Diego Medrano

P.L. Salvador es el último beat de nuestra literatura. Si Aira, hace poco, reivindicaba lo nuevo a lo bueno ―dicotomía mucho más compleja de lo que se piensa― Salvador elige lo veloz a lo lento. Es Kerouac, en calzoncillos, buscando pirulas nuevas (“lunas rojas”) en la nevera de la follatriz y amante de ocasión. Velocidad, por un lado, sustentada en la jerga (fíjense en los paréntesis con vocación de pasodobles: dos adjetivos adelante y uno atrás; ejemplo: "zorra-zorrona-zorrón") y, por el otro, en la sofisticación/ludibrio del dandy de extrarradio (quien inunda el ombligo de la amante de anís del Mono para luego sorber a dos carrillos). Consigue Salvador el reto de Unamuno (“Escribir con todo el cuerpo”) y su mundo golfo lleva todo el guitarrón de la calle aprendida como algo más que escuela: como forma de no volver atrás. Lo dijeron los grandes (Baudelaire, Lautrèamont, Rimbaud) a su modo: la transgresión no tiene retorno, cruzas la línea y ya está, volver es imposible, y aunque lo hagas ya no puedes ser el mismo. Dependencia femenina brutal (“Las hembras joden más si están jodidas”) pero todo un romanticismo negro de lúcido achispado a tiempo completo (de los de uñas largas y toconas, de los de guiño constante y proletario, de los de adjetivación saltarina, ubérrima y venenosa). Su reto es la intensidad, y así logra su colocón que no se acaba nunca, sus siete mil polvos sin sacarla, su mal de baratillo, porque es la obra de un poeta donde el sentimiento ―aun en mascarada― llega a producir lágrimas como melones (que antes fueron de cerezas, en la sátira, y de lentejas, a lo largo de las lecturas entre líneas). La crítica acorderada, mansurrona y lanar no entenderá este libro. Que te importe un pijo, lector: P.L. Salvador enciende el fuego del lenguaje con bidones de gasolina y el chispazo tiene mucho más de quijotismo que de surrealismo. Supera la nostalgia (eso de vivir un tiempo que no existe) con la fórmula in extremis de la soledad llena y no hueca (atiborrarse de velocidad para que el hostiazo sea mítico y con ínfulas y mitra de obispo). Habla de los pechos de sus ninfas (peritas-tas) en un juego que la lengua doma y asimila (peritas-tas) y eso lleva a una de esas sonrisas detenidas (peritas-tas) donde es inevitable que a todos se nos quede cara de gilipollas recordando eso (peritas-tas) que siempre fuimos... puras máquinas deseantes a lo Charles Bukowski, Henry Miller, John Fante y toda la basca en bolas alrededor del fuego sagrado del lenguaje más visceral posible: el de las palabras coruscantes y su calambrazo cuanto más anodino y tedioso es nuestro discurrir por este interminable valle de lágrimas... ¡Divinos sustos! ¡Renacer está garantizado!

Texto original



Nueve semanas (justas-justitas) 2ª


La crítica de Luis Arias Argüelles-Meres:

Nueve semanas (Justas- justitas), de P.L Salvador es, ante todo, un disparate literario que, de entrada, cuenta con la bendición del editor Constantino Bértolo en el papel de prologuista. Se trata de un texto que hace escarnio de principio a fin no sólo del mundo que padecemos, sino también de los tópicos literarios de un género tan sobrevalorado como es la novela actual. Todo lo contrario a esas novelas que dicen atrapar al lector en atmósferas más o menos envolventes, con una trama trepidante y con un desenlace asombroso, por utilizar palabras de las que tanto y tanto se abusa en reseñas de encargo y en contraportadas y solapas de ocasión.

Una chica bien y un vividor que, por avatares diversos, no sólo se conocen y sintonizan, sino que además emprenden una atípica convivencia juntos, gracias sobre todo a un irresistible afán por contar la pintoresca relación que sostienen. Novela, además, muy actual, episodios que se datan en 2012, que hacen sus alusiones a discursos políticos emergentes que irrumpen con auténtica chatarra ideológica y con topicazos de brocha gorda.

Sociedad-basura. Comida- basura. Cuchitriles-basura. Por el medio, la protagonista femenina tiene un padre que, además de ser un personaje extravagante, resulta ser también un poderoso editor. A este propósito, el episodio en el que este buen hombre pretende chantajear al protagonista para apartarlo de su hija es no sólo hilarante, sino además antológico.

En un mundo en el que la acción por la acción es el no va más en el género novela, publicitariamente hablando, irrumpe el libro que nos ocupa burlándose de tanta estulticia.  Porque además lo hace con algo que no se sabe bien qué es, más allá de lo que supone la plasmación de una serie de aventuras y desventuras realmente disparatadas.

Un texto ácido, un texto lúcido. Un texto que busca ―y lo consigue― una suerte de desquite contra tanta estupidez, contra lo políticamente correcto, contra los estragos que causa la publicidad en la que tantos y tantos creen.

Una suerte de anti-novela, protagonizada además por personajes a los que cabe ubicar en el infierno del malditismo literario, y, desde semejante emplazamiento llevan a cabo una divertida reinvención del género, sin fe alguna en ello.

Novela descreída, novela no apta para toda suerte de devotos de la publicidad literaria, novela para lectores cómplices y heterodoxos.

A modo de diario, sin lirismos en la forma, sin la liturgia de la confesión literaria, sin la penumbra envolvente con la que se pretende dar morbo al intimismo.

Todo un divertimento para quienes les gusta disfrutar de la acidez bien contada.







Nueve semanas (justas-justitas) [1ª]



Entusiasta crítica en el blog Ni un día sin libro:

Me gustan las propuestas artísticas de riesgo, aquellas que destilan ruptura, nuevos territorios, osadía creativa. Porque además (y a pesar de que a menudo os pretendan convencer de lo contrario), en la lectura de los pioneros, de los que reman contra la corriente, de los que no escriben para complacer a nadie (a veces ni a sí mismos) uno es capaz de encontrar la auténtica felicidad como lector. Es en esos libros donde me reafirmo en el sentido de mi pasión, esta que en los albores de los cuarenta me hace seguir entusiasmándome con nuevas vidas por vivir, con maravillosos mundos infinitos que tratan de compensar la finitud de nuestra vida real.

No se me ocurría una forma mejor de presentaros Nueve semanas (justas, justitas), uno de esos libros en los que he disfrutado perdiéndome, deseando que sus páginas no se agotaran.

Nueve semanas es el título del libro, y nueve semanas es el marco temporal en el que Bloss Ñejer, gran protagonista de esta historia, vive, crea, comparte y sufre su gran proyecto literario.

Porque Bloss es escritor, un (no) escritor canalla y mujeriego, y vive (y escribe) convencido de que su proyecto literario marcará un antes y un después. Tanto que el lector entusiasta y convencido acabará irremediablemente entregado a su irreverente prosa y a su excéntrico y genial proyecto.

Porque su novela, que empieza siendo una suerte de autobiografía casi en directo, narración de hechos vividos por el propio autor a modo de diario, crece hasta desbordarse por todos los márgenes, hasta convertirse en novela compartida, donde otros narradores aparecen y desaparecen, voces que se entregan a continuar lo iniciado por Bloss Ñejer.

Aparentemente nada nuevo: varios narradores contando una historia, diferentes puntos de vista, medias verdades, distorsiones y perversiones; pero en realidad totalmente diferente a lo que creas haber leído: porque los narradores narran con la plena consciencia de estar escribiendo un libro, el de Bloss Ñejer.
Y detrás de todo, un escritor magnífico, P.L. Salvador, del que nos parece increíble que todavía no se hable de él. Sobrado de talento y perteneciente (no sé si conscientemente) a esa escuela de escritores que de tanto en tanto ponen del revés la literatura de manual y de sobremesa, esa que nos demuestra día a día que no vale leer cualquier cosa.

Salvador, un placer tenerte al lado de nuestros canallas favoritos, Montero Glez, Juan A. Belmonte, Santiago Ramos. Locos herederos cervantinos que hacen de los libros codiciosas obras de arte y diversión.





El viaje secreto de Elidan Marau a través del Mar de Leche


Es complicado, en estos tiempos de obviedades y previsibilidades, encontrar Literatura original. Qué curioso, pues si la Literatura es un arte, ¿cómo es posible que exista literatura imitativa?
Seguir una escuela no tiene nada que ver con la vulgaridad. Claro que: hoy día, ¿quién sigue una escuela? Lo que hoy suele hacerse es repetir y repetir y volver a repetir. Contar de la misma forma y con las mismas palabras lo que ya mil veces fue contado.
Por eso me parece tan (¡tan-tan-tan!) transcendental la originalidad. Cierto que es arriesgada, pero el arte sin riesgo no es arte. «Oiga, es que yo solo quiero distraerme», replica alguien. «Muy bien ―acepto―: cómprese un libro distraidor, pero no diga que es Literatura.»
Lo cual: no quiere decir que la Literatura sea aburrida. Muy al contrario: la Literatura siempre es divertida. Y si no lo es, no es Literatura. Otra cosa es que el lector no consiga entender, no sienta, no sea capaz de originar la obligada sincronía.    
Cuando adquieres El viaje secreto de Elidan Marau a través del Mar de Leche sabes que estás comprando un libro diferente. El título es también etiqueta. El autor, Víctor Nubla, nos está diciendo: si el título te asusta, no compres mi libro.
«Hileras de palmeras. Sólidas o líquidas, plasmadas en cristales que ocupan el espacio: atentos a su lengua.» Así arranca la historia de un narrador que he sentido lejano y cercano, casi omnisciente, siempre mágico: atentos a su lengua foránea.
«La isla tiene voz», nos dirá después. El estilo es tibio, resbaladizo, convincente, te acuna y relaja. «Este libro tiene voz ―digo yo―, color, olor y hasta sabor.» O bien la hipnótica voz es verdiazul, marina y entrañable.
La historia es también atemporal, surrealista, extravagante. Pero no se puede describir este libro con una simple suma de adjetivos. Sin embargo, sí pueden darte una idea del asunto, lector/a, sobre todo si finalmente decides conseguirlo.
Es libro de múltiples lecturas. A veces nítido: «En su tercer despertar, no entiende por qué ya no le duele nada». A veces abstracto: «Esa literatura peligrosa que usan los entrenadores de aves». A veces poético: «Duerme. Quizás una hora. La propia canícula sestea también sobre la tierra».
Víctor Nubla ha escrito un libro sensitivo. Que se ha de leer de una forma distinta. Que se ha de percibir con el alma de los ojos. Que requiere más corazón que cabeza. Un libro «que no explica las cosas sino lo que mueve las cosas».

KOUNDARA



Cuando me visto de crítico literario, juzgo los textos por lo que pretenden y consiguen. Leo literatura esteticista, juzgo su estética. Leo literatura vanguardista, juzgo la calidad de su audacia. Leo literatura-literatura, juzgo y rejuzgo. Leo literatura social, juzgo su aporte social.
En este mundo literario nuestro no todo es literatura. No hubo custodios literarios oficiales con plenos poderes. No se pudo separar la paja del grano. Hoy día, mejor no pensar en ello, pues sería cuasi imposible. Cuando cae en mis manos un libro de paja, lo dejo en la novena página. En algunos casos excepcionales, lo termino y critico. Tal es el caso de El santo (César Aira), una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida*. Pues bien, una vez que ha quedado probado que también hago críticas negativas-demoledoras, diré que hoy toca grano. Toca hablar bien de Koundara, un libro que consigue lo que pretende.
Las siete historias:
Koundara: Una mujer (inocente-insular). Un entorno absurdo-egoísta (como la vida misma). El libro de Anne Sexton o Sharon Olds (a modo de refugio). ¿Qué puedes hacer cuando has nacido en el seno de una sociedad que desapruebas? David Pérez Vega, a través de un relato antisistema, nos habla de un sistema apoyado por individuos que se creen benefactores (casi individuos antisistema) cuando en realidad son parte de ese sistema que día a día nos destroza la vida, la esperanza, la ilusión. El estilo es analítico. La mujer que nos cuenta la historia se queda fuera (o lo intenta).
Mencionar la forma en que la protagonista nos habla de sí misma: Lo que le conté-lo que no le conté (a Maica). Estos detalles técnicos son la sal (y pimienta) de todo texto. Quizás el zampalibros no les presta la debida atención y ahí empieza la mala lectura. Al margen de esto, la narradora se deja ver a través de su narración.  
Acrópolis: La cotidianidad de la España derrotada escrita en un tono coloquial, más espontáneo, pero efectivo al fin. Tal vez la sintaxis es menos precisa en esta segunda historia; tal vez es una historia que requiere una sintaxis menos precisa.
Mencionar el «―consideraba―», que se repite dos veces y yo hubiera repetido bastantes más; y que este texto está escrito en un tono más difuminado que le confiere fuerza al desenlace.
La balada de Upton Park: Tercera historia, tercer tono narrativo, en esta ocasión casi documental, testimonial, hechos que probablemente han sucedido o sucederán. La magia del realismo, la cotidianidad narrada que en el próximo siglo devendrá en túnel del tiempo literario.
Mencionar que estilísticamente es la que menos me ha gustado, aunque también consigue lo que pretende.
Maestro: Cuarto relato, cuarto tono. En esta ocasión, la historia parece narrada «de carrerilla», como si el narrador no tuviera ganas de contarla pero se creyese en la obligación de hacerlo.
Mencionar que ―al margen de su prosa― este relato aporta bastante.
Quitasol: El tono puro de la cotidianidad, de la nostalgia, y de nuevo: el absurdo de la vida. Muchas veces (o casi siempre): las pequeñas cosas terminan marcando nuestras vidas.
Mencionar la mención especial que merece el párrafo final.
Cazadores: O el capítulo de los solteros solitarios que aborrecen su soltería y su soledad. Vivimos unos días en los que lo más habitual es estar soltero o separado o divorciado. Si seguimos así, las viudas podrían empezar a escasear.
Mencionar lo que ya todos sabemos: que cualquiera puede terminar soltero/a y solo/a. Y, por lo general, esto es algo terrible.
Tetras de ojos rojos: El sufrimiento de una esposa-madre dentro de una narración neutra que la envuelve (o encierra). Lo absurdo de conseguir un buen estatus si este no te aporta una cierta felicidad. Pararte a pensar que las cosas no impedirán que te sientas vacía. Equivocarte día tras día sospechando que te estás equivocando pero sin encontrar la forma de salir de una espiral que terminará abocándote a la más terrible de las soledades.
Mencionar que este relato debería ser de obligada lectura para las madres-esposas que tienen dudas (de todo tipo) y ―sobre todo― para las que no tienen dudas (de ningún tipo).
Conclusión:
Un libro realista, social, en la línea de Grietas (Santi Fernández Patón) o Filtraciones (Marta Caparrós). Un volumen de relatos que más bien son micronovelas. Una obra que también podría ser una novela con personajes que no llegan a conocerse. Así la he entendido (yo). Y así recomiendo que se lea, como un todo que es bastante más que la suma de sus partes.
Koundara, de David Pérez Vega.




Koundara vive aquí:

Filtraciones (Marta Caparrós)



Marta Caparrós debuta con un volumen atípico titulado Filtraciones. Dos novelas cortas + dos relatos largos. Ordenados estratégicamente. Una tetralogía sobre treintañeros. Con la España desangrada de la segunda década del siglo XXI como telón de fondo.
Una mirada escéptica que observa a la sociedad y muy especialmente al varón contemporáneo. Y dentro de ese escepticismo, dos finales felices que quizá no lo son. Aunque la reflexión está asegurada, el padre sobradamente imperfecto no dejará de serlo por mucho que el hijo sueñe con una puesta de sol familiar en Marsella, y el rayo de sol (filtrado) en el invierno holandés no calienta nada (o casi nada) por mucho que la autora quiera dejar un hueco a la esperanza.
Marta perfila con maestría a unos personajes tan contradictorios como la sociedad que los cobija. Personas teóricamente cultas que desearían rebelarse pero que no terminan de hacerlo: a pesar de ser víctimas del capitalismo salvaje, siguen comprando en El Corte Inglés; a pesar de abominar de la Navidad, se unen a la tradición petardera alemana. Sujetos de confusas convicciones que celebran (de otro modo) lo que un verdadero rebelde no celebraría de ningún modo.
Filtraciones nos habla de treintañeros inmaduros, casi incompetentes. Y de treintañeras que van un paso por delante. El padre biológico que no asume su responsabilidad, el cuñado mojigato, el amante que falló cuando no debía fallar, el padre biológico que asume una responsabilidad que le viene grande y el novio que piensa más en un amigo que en su novia.
Marta Caparrós encuentra el tono para hablarnos de las relaciones humanas con un estilo aún no definido pero prometedor. Las hermanas que no se entienden, la pareja que no se entrega enteramente, el matrimonio que no acaba de implicarse, el padre que no supo serlo: un rosario de relaciones humanas insatisfactorias, una mirada a la última realidad española.
La autora narra desde la neutralidad, sin dar más respuestas de las necesarias, dejando huecos para que el lector saque sus propias conclusiones. Si bien no es difícil deducir qué personajes fallaron, quién no lo dio todo o sucumbió a su propio egoísmo provocando los daños colaterales que componen la salsa agridulce de estas cotidianidades.
Se podría decir que es una obra feminista, pues nos muestra el fruto de la sociedad machista. En unos tiempos en que la mujer ya no depende del hombre, a este no le vale con ser hombre. Ser hombre ya no suma. Más bien resta. El hombre, si quiere ser deseable (como compañero), ha de ser leal, hacendoso, fraterno. El hombre que no se entrega, no sirve. La inmadurez que siempre acompañó al género masculino (y que en otros tiempos fue tolerada o incluso ensalzada) resulta hoy día patética: no están los tiempos para niñerías. Ciertamente, en esta España nuestra tan maltratada hay de todo (tipos cabales incluidos), lo que no es óbice para que se hable de esa mayoría masculina que no ha sido adiestrada en las labores domésticas.
Si tuviera que ponerle un pero a este libro, diría que he echado en falta ese aprendizaje ascético que Chirbes se autoexigió antes de publicar su primera obra, «esa búsqueda a la vez paciente y desesperada ―decía Carmen Martín Gaite―, ensayando el oficio, guardando en un cajón novelas que no le satisfacían del todo, podando su prosa de excrecencias innecesarias y viviendo sin prisas una etapa ascética de aprendiz exigente».
No obstante, cada cual es como es y el que escribe fue el primero que publicó saltándose ese aprendizaje ascético. Me decía Manuel Moyano el otro día que «hoy todo se hace con prisa», y tal vez nos hemos contagiado. Entiendo, pues, que lo importante es cumplir con ese aprendizaje ascético, ya sea antes o después de haber debutado.
«Antes me importaba hacerlo bien ―comentaba Elvira Navarro―, cosa ésta que pasa por el juicio externo, pues aunque una dé lo mejor de sí eso no garantiza que el resultado sea bueno; ahora, aunque por supuesto sea sensible a la opinión ajena y siga tratando de dar lo mejor de mí, lo que más me importa es hacer lo que yo quiero, investigar lo que me interesa, equivocarme o acertar en mis propios términos», y yo percibo a una Marta Caparrós que no ha escrito estas Filtraciones desde la entera libertad sino pensando en cómo la crítica más conservadora quiere que se escriba.
El resultado es un estilo algo encorsetado, como si el texto tuviera que ser aprobado por un comité de lectura y a la autora le hubiese dado miedo arriesgar más. De acuerdo, el grueso literario no arriesga (qué aburrimiento, ¿no?), pero intuyo que Marta sí sabría hacerlo.
Segundo y definitivo «no obstante»: aun dentro de la Ley, estas Filtraciones esconden destellos de originalidad; podrían ser ―¿por qué no?― las facetas a medio pulir que estos naufragios personales necesitaban; chispazos geniales dando forma a la frustración contemporánea; la historia de unos inocentes flotando en la estela de una sociedad que más parece un maltrecho buque a la deriva.




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                                                            Filtraciones



Desde mi olvido (Victoria Alonso)


Desde mi olvido es una novela mágica. Embrionaria y todo, vuelve a subyugarme. La falta de oficio de la autora no pudo con su talento. Recuerdo que la primera vez que la leí (hace seis años), se me metió muy adentro. Estaba leyendo obras grises (por no decir mediocres) para un evento literario y Desde mi olvido fue el diamante entre mondas de patata.
En esta novela corta: lo que menos importa es la inexperiencia de la autora. La genialidad que despliega lo cubre todo. Narrada en primera persona por Théo de Anjou, podríamos decir que la autora desaparece antes de empezar a narrar; podríamos decir que el narrador es el protagonista; podríamos decir que hubo desdoblamiento literario.
Recuerdo que hablé con Victoria (Alonso). Me reveló que había escrito esta historia de un tirón, en muy poco tiempo, y que le había salido del alma. Quizás ahí está la clave: se dejó un pedazo entre las páginas. Algunos autores escriben sin ton ni son y Victoria escribió su ópera prima con mucho ton y sobrado son.
Desde mi olvido es quizás uno de los libros menos leídos. Porque no estaba disponible. Era imposible (o casi) conseguirlo. Tal vez un ejemplar usado. Y de repente aparece (o consigo) una caja (llena). Y lo pongo en la microlibrería Reynaert. Y escribo esta crítica resucitadora.
No, Desde mi olvido no está disponible en ebook.
No, no encontrarás ni una mísera reseña.
No, nadie escribió sobre esta novela.
No, no he hablado con Victoria.
Sí, me gustaría entrevistarla.
Sí, escribe (pero poco).
Sí, con el alma.
Sí, siempre.




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                       Desde mi Olvido

BOFETÓN



Qué mala es la abundancia… Tenerlo todo a mano. Casi gratis. Películas, libros, discos, juegos y lo que ni conozco (ni quiero conocer). Teníamos mucho y solo faltaba Internet. La guinda que terminará amargando el ya empalagoso pastel.

Porque empieza a resultar complicado apreciar las cosas. Porque nos están acostumbrando a usar y tirar (o a tirar incluso antes de usar). Porque nos bombardean con información desinformativa. Porque van a conseguir que el grueso de la sociedad: ¡no piense!

A muchos, esta conjura (¿de los necios?) nos pilla creciditos. Curtiditos. Escaldaditos. A fin de cuentas, ya tuvimos nuestro gusanillo y eso no nos lo pueden quitar. Además, las sensaciones (ya) vividas son recuperables…

Por eso: los que me preocupan son los jóvenes. Que deberían empezar ¡ya! los correspondientes ejercicios de austeridad. Entrenarse para lo que se les viene encima. Porque aunque ellos, al parecer, lo ignoran, están abajo (o debajo del rollo [o rodillo] compresor).

El bofetón que les espera, y no lo saben.


LA CIUDAD EN INVIERNO (Elvira Navarro)



(0)

Estoy leyendo La ciudad en invierno, ópera prima de Elvira Navarro, publicada por Caballo de Troya en 2007. Como no hace mucho escribí una crítica sobre La trabajadora, última obra de nuestra autora, me pongo en contacto con ella y le digo textualmente:
―Puesto que el libro está dividido en cuatro partes, se me ocurre que podría escribir una pentalogía, prólogo y cuatro partes, que se publicarían semanalmente. Si te lo comento es porque sería genial que pudiera hacerte una pregunta al final de cada reflexión.
A lo que Elvira me responde:
Estaré encantada de que escribas lo que consideres oportuno, claro que sí. La interlocución es lo que le da vida a los libros. Puedes hacerme esa pregunta al final de cada reflexión, por supuesto. Ya me cuentas.
La pentalogía interactiva está, pues, en marcha. Me digo que no estaría de más echarle un vistazo a las críticas que la novela ha recibido, sobre todo para no repetir lo que otros han dicho. Y entonces encuentro una lista con un veintenar largo. No esperaba tantas. No tengo ganas de leer tantas. Además, si las leo, podrían influirme. Así que las copio y cuento las palabras para hacerme una idea del contenido: catorce mil quinientas (14.500). Caramba, se podría editar un volumen con ellas...
No pienso leerlas, desde luego, pero se me ocurre buscar una palabra para ver si alguien la ha mencionado: catarsis. Y la encuentro en la crítica de Recaredo Veredas, pero en referencia a la protagonista, mientras que a mí me interesan más los lectores. Entiendo que las obras descarnadas... (Pausa.) Aquí me he parado por el adjetivo. Descarnado. Como tengo las críticas abiertas en un Word, busco la palabra sin la última vocal (descarnad) para que me aparezcan todos los vocablos. Y, curiosamente, encuentro cuatro, uno de cada: descarnada, descarnado y sus plurales. No son demasiados...
En el párrafo anterior iba a decir que solo me interesa el arte descarnado si pretende ser catártico. Como imagino que algunos lectores no estarán familiarizados con esta expresión, indicaremos que la catarsis es la purificación o crecimiento personal que experimentamos a través de la compasión, el horror y demás emociones derivadas del arte descarnado. Y lo que hasta ahora he leído (de esta Ciudad en invierno) es catártico, pedagógico, terapéutico, moral en su inmoralidad.
Termino este prólogo con la pregunta prometida (confieso que al escribir esto ya he formulado y borrado media docena que no me convencían, pues aún no quiero entrar en la zona estrictamente literaria y no es fácil elaborar una pregunta sobre este invierno nuestro que se adivina interminable, de manera que pregunto y no pregunto, y me conformaría con una respuesta de dos o cuatro sílabas [cinco o nueve letras], aunque presiento que al menos recibiremos una frase):
La ciudad en invierno existe, está a nuestro alrededor, casi siempre invisible, y no es fácil soslayarla ni deberíamos hacerlo, pero ¿cuántas ciudades en invierno hemos de leer todos y cada uno de nosotros para que a la ciudad llegue la primavera?
A lo que Elvira me responde:
―No creo en los deberes ni en que todos debamos llegar a una primavera. Tendemos, y valga esto que ahora consigno como muestra de ello, a generalizar nuestros puntos de vista, y la peor de las generalizaciones es la de considerar que los valores propios que catalogamos como buenos son un imperativo moral. Considero que eso es autoritarismo. Fascismo. No creo que haya nada que deba imponerse, no hay lecturas ni vivencias ni creencias obligatorias, y nada me da más asco que quienes juzgan a los otros en nombre del bien. Una parte considerable de la mierda que hay en este mundo es la que se produce en nombre del bien. La Iglesia ha considerado hasta hace tres días que las mujeres no tenían alma en nombre del bien. El comunismo ha masacrado en nombre del bien. Las democracias occidentales invaden países y asesinan en nombre del bien. Nos permitimos sentirnos por encima de los demás cuando no responden a nuestra idea de lo bueno. En fin, que me bajo del cuantas ciudades en invierno deben leerse porque me parece un error creer que podemos saber lo que necesitan los otros e imponérselo.

(1)

La primera parte de La ciudad en invierno se titula Expiación y cuenta con tres protagonistas: una niña y dos adultas. Entro en este momento narrativo vestido de lector experimentado. Aunque no sé qué me voy a encontrar, no tengo ningún miedo. ¡Tengo tanta experiencia! Vamos, que soy un lector curtido. Y de repente, entre «unos veinte chalets estilo años setenta, modestos, que ascienden por la ladera de la montaña y que tienen todos un gran jardín reseco», me siento culpable.
Culpable cuando «las dos mujeres, satisfechas, se lanzan al pollo, que devoran en escasos minutos».
Culpable cuando «también la niña traga todo lo rápido que puede, deseando por favor que la comida acabe cuanto antes».
Y tal vez por esa culpabilidad ajena (pues no creo haber derramado mi influjo sobre niño alguno), no tardo en ponerme de parte de la niña. La perversidad infantil no me inquieta, la considero fruto de la inconsciencia; me inquieta bastante más la necedad del adulto que no lo es, de la persona que no ha conseguido madurar y que, por consiguiente, tampoco ha aprendido a relacionarse con sus semejantes y menos aún con los niños.
La autora podría decir que no se trata de ponerse de parte de nadie, que lo que nos cuenta es algo que simplemente ocurre, que somos así. Pero, qué le vamos a hacer, yo también soy como soy, un ser utópico, y quiero pensar que alguien tiene la culpa y que eso que somos tiene arreglo hasta cierto punto, ya que lo contrario sería como afirmar que la cosa no tiene arreglo «porque somos así» y entonces... ni siquiera valdría la pena escribir sobre ello.
Ahora me viene a la cabeza el nihilismo, y ¿qué hago?, pues lo que ya podéis imaginar, me voy al Word de las veintitantas críticas y busco «nihilis» para que me salgan todos los vocablos relacionados. Solo encuentro uno y, además, el autor lo utiliza para situar esta obra fuera de él, lo cual me alegra. Indicaré que, al hablar de nihilismo, me refiero a la negación del conocimiento y la moral.
Expiación está escrita con compleja sencillez, en una tercera persona con vocación de primera, con unas tías demasiado familiares que dicen cosas como «me produces dolor» y una niña sensible que repite mentalmente «dolor, dolor, dolor, y con toda su alma rechaza esta palabra, negra y seca como una tarde de bochorno encerrada en la casa».
Dos tías. Una sobrina. Y «un ambiente tan afilado como un cuchillo». En el ecuador de esta escena es mentada la madre ausente: «Ya no soporto a la niña, Inés», y es en este punto donde con más claridad percibo el abandono, el desamparo de una niña puesta en manos de alguien que no la soporta. Expiación. Aquí me parece pertinente transcribir las cuatro acepciones que la RAE da al verbo expiar:
1ª. Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio.
2ª. Dicho de un delincuente: Sufrir la pena impuesta por los tribunales.
3ª. Padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes.
4ª. Purificar algo profanado, como un templo.
―No encuentro culpa en Clara (nuestra niña protagonista) y tampoco es una delincuente. ¿Podría valernos la tercera? Quizás, pero al leer la cuarta entiendo que es esta la que define el título. ¿Estamos de acuerdo, Elvira?
―Pongo los títulos de manera intuitiva. No sé si esto es bueno o malo, pero no puedo remediar la sensación de que a un texto le pertenece un título determinado, y de que si lo cambio, estoy traicionando algo esencial del texto que, más que a su solución, apunta a su misterio. Natalia Ginzburg explica muy bien esta suerte de imperativo de los nombres, de la palabra, en su prólogo a Léxico familiar. Por otra parte, los significados dependen de un contexto, y ese contexto estira la literalidad de los diccionarios. El título Expiación es inseparable para mí de la imagen de la niña en la piscina y de la tía pidiéndole salir del agua. No pretendo que el título explique el cuento o cierre su significado, pero sí, y esto también de una manera intuitiva, apelar a todo el lenguaje sentimental y manipulador de la culpa. La culpa es una interpretación que se hace de un hecho, y desde luego es lo que la tía pretende arrojar sobre la sobrina, quien se aferra al hecho puro, o a algo que está cerca de ello, y por tanto, libre de culpa. Esta celebración de lo amoral se da, o esa es mi experiencia, sobre todo en la infancia, y cabría aquí la pregunta de dónde situamos la expiación, o incluso de si ésta es necesaria. Quizás la expiación sea la simple reivindicación de la inocencia que el lector puede ver en la niña, aunque insisto en que el significado no está cerrado porque si así fuera, es probable que yo ni siquiera hubiese escrito ese cuento. Escribo sobre lo que permanece oscuro para mí.

(2)

Cuando en el capítulo anterior me decanto por esa cuarta acepción y digo que el título (Expiación) me suena a purificación de algo profanado, estoy pensando en Clara, en la niñez que representa y en todas las profanaciones psicológicas infantiles. Sin embargo, la respuesta de Elvira es determinante y la supuesta profanación se queda en posibilidad, en una posibilidad más, pues, como bien dice, el significado no está cerrado.
La segunda parte de La ciudad en invierno se titula Cabeza de huevo. No sabía, al iniciar esta pentalogía, que me iba a encontrar de nuevo con Clara. En la primera parte teníamos tres protagonistas y en esta segunda también. Si antes fueron dos adultas y una niña, ahora nos encontramos con dos chicas adolescentes y un adulto.
Expiación me supo a introversión. Cabeza de huevo me sabe a acción. Expiación me supo a bomba de relojería. Cabeza de huevo me sabe a detonante. Si en Expiación los protagonistas pensaban, en Cabeza de huevo actúan. El mundo adulto armó la bomba y es de nuevo un adulto quien la hace estallar.
Pretendo hablar de este libro sin contarlo. Reflexionar sobre la esencia sin hablar de los hechos. No es probable que el lector recuerde todo lo que aquí estoy exponiendo. La idea es que el lector se sienta atraído por lo que aquí se dice y que, cuando empiece a leer la obra, recuerde únicamente que trata de Clara (niña y adolescente) y de los adultos con los que se relaciona. El lector también puede recordar que el que escribe está de parte de la infancia, de la adolescencia. Si recuerda todo esto, ya será mucho. Pero lo importante es que el lector podrá descubrir la obra personalmente.
En esta segunda parte, una Clara adolescente vuelve a encontrarse con el adulto equivocado (y no es de la familia). No diré más. De todos modos, formulo la pregunta correspondiente: ¿estoy contando demasiado? Es mi eterno miedo: me da mucha rabia que me cuenten los libros y no quiero yo hacer lo mismo.
La conclusión que saco en esta segunda parte es que cuando adolescentes y adultos se mezclan, los adultos son siempre los responsables. Disculpo el desliz del adolescente, no así el del adulto. He sido adolescente y sé de la inconsciencia que yo mismo he vivido y que te lleva a hacer cosas de las que luego te avergüenzas, cosas que treinta años después no entiendes que hayas podido hacer. Por eso, porque lo he sufrido en mis carnes y he aprendido, excuso, disculpo más al joven que al viejo, que debería aprender de sus errores.
¡Es que la niña es un demonio!, dirán algunos. Es posible ―acepto―, pero ¿desde cuándo? Nacemos con el demonio dentro o nos lo meten nuestros seres queridos, nuestra querida sociedad: no lo sé, creo que este es el enigma que plantea la autora, el eterno dilema, pero si he de dar una respuesta, diré que un demonio apaciguado es menos demonio.
―Pues bien, Elvira, la pregunta está hecha: ¿estoy contando demasiado?
―No te preocupes, no has contado nada sobre la historia. Voy a intentar comentar algunas de las cosas que dices. Te ha sorprendido que la protagonista sea Clara porque el libro se presenta como un conjunto de relatos y estamos acostumbrados a que los límites del cuento sean más precisos: se acaba la historia, y también quienes la protagonizan. Cuando no es así, las fronteras genéricas comienzan a difuminarse, y eso es lo que pasó con La ciudad en invierno, que fue leído  no sólo como un conjunto o ciclo de cuentos, sino también como una nouvelle e incluso como una novela.  La ciudad en invierno fue un proyecto no planeado. En realidad, yo estaba escribiendo otra historia, concretamente la que constituye la segunda parte de mi segundo libro, La ciudad feliz, y al tratar de cerrarla, sólo se me ocurrían relatos. Luego los junté y me di cuenta de su unidad. De que tenía un libro. El cuento Cabeza de huevo fue el más fácil y al mismo tiempo el más difícil de escribir. Me salió de una sentada la parte de la historia que va desde el principio hasta que las niñas conocen al ciego. Ahí me paré, y transcurrieron seis meses hasta que escribí de otra sentada lo que ocurre a continuación. En ese parón hubo una censura, no porque me resulte difícil escribir salvajadas, sino porque me di cuenta de que yo estaba disfrutando como una enana con la crueldad extrema de la historia. Eso me dio miedo. Estaba disfrutando exactamente igual que esas niñas, y de una forma que no era nueva, sino que venía de mi infancia y de mi preadolescencia, cuando me asomaba por primera vez a lo que era tener poder, en especial poder sexual. Siempre me ha parecido que el poder genera una confusión sobre sí mismo, pues en la medida en que es poder, parece no tener límites para tornarse arbitrario. Sin embargo, la arbitrariedad lo destruye. Ahí es donde se descubre, o al menos eso creo yo, que el verdadero poder se comparte. No es para uno mismo, ni está al servicio de la destrucción, pues si genera destrucción, eso se le vuelve en contra. El ataque no es ninguna defensa: sólo genera más ataque. El caso es que en Cabeza de huevo la perversión del poder se desarrolla a través de la rabia y el capricho. Clara, por un lado, se venga del mundo adulto. De lo que ve. De la debilidad. Es un personaje que no soporta la debilidad. Ella considera que de ahí vienen todos los males. Por otro lado, experimenta con el poder, y lo hace de forma arbitraria y a lo bestia.

(3)

Entro en la tercera parte, la que da nombre al libro. La ciudad en invierno. Es la parte más larga y me encuentro con un nuevo triángulo: Clara y sus padres. Hay más personajes, pero son secundarios. La actitud de la madre ratifica la idea de que el pequeño demonio que Clara llevaba dentro ha sido alimentado a conciencia. Mientras leo, no puedo dejar de pensar en esos adultos que quieren a toda costa inocular su veneno a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes que encuentran a su paso.
«Ciertos minerales, la pizarra, la mica, poseen una estructura foliácea, pero también ciertas psicologías o, por mejor decir, la psicología humana en general participa de esta constitución tendente a laminarse; un golpe breve y se fragmenta el ser, un ligero tropiezo y caen las delgadas láminas, y en su caída chocan contra cualquier superficie, quebrándose», piensa el Sergio Prim de Belén Gopegui.
Siguiendo con nuestra fragilidad, comentaba Joseph Kessel que algunos médicos le escribieron para decirle que habían conocido a mujeres como Severine. Según ellos, Belle de Jour era un excelente ejemplo de cierta patología. Pero el autor solo pretendía mostrar el terrible divorcio entre el corazón y la carne, entre un verdadero amor y la implacable exigencia de los sentidos. Sin embargo, es difícil olvidar que la patología de Severine comenzó la mañana en que un fontanero la atrajo hacia sí para quemarle la nuca con unos labios sin afeitar y meterle las manos bajo la falda entre un olor a gas y a fuerza. Tenía ocho años y nunca sabremos qué exigencias carnales hubiera tenido la Severine adulta no profanada.
Algunos adultos no respetan la niñez, ni la adolescencia. Algunos adultos no se respetan. Algunos adultos no son adultos (si entendemos que un adulto es alguien cultivado, experimentado, que ha llegado a cierto grado de perfección).
En esta ciudad invernal, los padres de Clara quieren lo mejor para su hija, porque la quieren, a fin de cuentas es su hija y todos los padres quieren a sus hijos, pero muchos aún no han llegado a la adultez, como estos que hoy la cubren de besos y caricias y mañana protagonizan una escalada de gritos.
En esta ciudad invernal todos somos víctimas. Todos fuimos niños. Todos estamos contaminados. Todos estamos solos. Todos sufrimos la inconsciencia de la niñez, la confusión de la adolescencia, las dudas del adulto. Es como si jugáramos al todos contra todos. Y todos perdemos.
Intentaré quitarle tensión al momento con una pregunta de las de todos para todos:
―Elvira, ¿qué sentiste cuando el editor te dijo que el público iba a conocer a Clara?
―Tardé unos meses en hacerme a la idea. Cuando algo que considero importante me ocurre, siempre lo vivo como algo irreal. La exposición de Clara no me asustaba ni me generaba ningún sentimiento. Lo que me ponía nerviosa era la exposición de la escritura. Nunca antes había publicado, desconocía lo que significaba que alguien anónimo leyera tu texto, y temía los juicios porque me importaba demasiado saber si había acertado o fracasado. En cierto modo, y a pesar de que habría argumentado a la contra de lo que ahora voy a decir si alguien me hubiera preguntado, había en mí una creencia en el valor intrínseco de una obra. Ahora ya no creo en ello, y pienso que buena parte del valor y del significado lo genera el contexto, y que acertar y errar son cosas relativas, lo cual me lleva a sentirme mucho más libre. Esto que digo es una obviedad, claro, pero a mí me ha costado que la obviedad pase de la cabeza al cuerpo, quizás porque en España funcionamos aún mucho, en términos psicológicos y de creación de realidad, con una estructura que es la del dogma ―no me refiero, claro, al dogma católico, sino a que creemos en una verdad, sea cual sea―. En fin, y resumiendo: que  antes me importaba hacerlo bien, cosa ésta que pasa por el juicio externo, pues aunque una dé lo mejor de sí eso no garantiza que el resultado sea bueno; ahora, aunque por supuesto sea sensible a la opinión ajena y siga tratando de dar lo mejor de mí, lo que más me importa es hacer lo que yo quiero, investigar lo que me interesa, equivocarme o acertar en mis propios términos.

(4)

Amor. Hemos llegado a la cuarta parte de La ciudad en invierno. El miedo, la confusión y un instinto que no atiende a razones. Un último triángulo con un ángulo ¿demasiado? afilado: Clara, su pretendiente y un adulto que vive más allá de los grandes bulevares, cerca de la autopista, «en una casa rodeada de un terreno yermo donde se apelotonan neumáticos, sillones desvencijados, piezas de coche y electrodomésticos devorados por el óxido».
En este viaje nos hemos encontrado con el miedo y con el asco pero también con el placer que estos pueden generar. Clara no sabe lo que quiere pero sí sabe lo que desea. O tal vez solo sabe lo que no desea. «Siente el miedo agarrado al pecho, y también ese prurito de placer que le viene nada más despedirse de sus compañeras y tomar la amplia avenida.» Clara tiene «la certeza de acercarse a algo que le pertenece por completo. Algo oscuro, desconocido e inmenso», y «cuando decide volver a su casa, la noche se ha hecho ya enorme».
Me he tomado la libertad de sacar de contexto estos tres fragmentos. Espero que la autora lo apruebe y esta es la pregunta que le hago. Acabaré confesando que esta Ciudad en invierno se me ha agarrado al pecho provocándome al mismo tiempo un prurito de placer, desde el principio y en todo momento he tenido la certeza de que me acercaba a algo oscuro, desconocido e inmenso, y cuando finalmente cierro el libro, entiendo que la noche se ha hecho ya enorme.
―Tu turno, Elvira.
―Muchas gracias de nuevo por tu lectura. Me sorprende releer esos fragmentos porque reconozco el sentimiento que los producía de una manera extraña, como si estuviera contemplando a un personaje y no a la que yo era (o a los personajes que mi yo de entonces generaba). Me apena, porque ya no soy capaz de sentir eso con tanta intensidad. Ha dejado de pertenecerme. Amor, el último de los relatos, fue en verdad el segundo en ejecución. De él brotaron Cabeza de huevo y La ciudad en invierno, es decir, los que en el libro ocupan la parte central, así como la poética del conjunto, que me cuesta definir con unas palabras distintas a la de los fragmentos que has seleccionado, y que apuntan hacia una oscuridad de la protagonista que al mismo tiempo se encarna en la ciudad, que funciona como metáfora. Esa oscuridad refiere a los límites de la identidad, y está en pugna con lo social, que se rige por convenciones que jamás pueden ser oscuras (no me estoy refiriendo a lo moral, sino a lo constitutivo de un cuerpo social). Quería recorrer esa paradoja. En teoría se está hablando de amor, pero no es posible ir hacia lo que la protagonista siente como tal, que es algo no normativizado. El ritual del amor adolescente ha de pasar por los ojos de los compañeros del colegio, y entonces Clara se rebela. Esto puede asimismo funcionar como metáfora de cualquier otra cosa que un sujeto siente o piensa, y que lo impulsa a un lugar desconocido. La convención, la norma, trata de anular esa zona oscura, pues en ella los individuos no son controlables. El cuento, además, tiene mucho de homenaje a Valencia, la ciudad donde crecí. Caminar por ella mientras fui niña y adolescente supuso un descubrimiento continuo, un deslumbramiento, que seguramente se habría producido igualmente en cualquier otro lugar. Pero bueno, a mí me tocó vivirlo ahí. La intensidad y la oscuridad, para mí, tienen los colores de las calles de Valencia.





*ʽLa ciudad en inviernoʼ vive aquí: La ciudad en invierno
*Y Elvira navarro, aquí: Elvira Navarro



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