2222 (Alicante Plaza)


La preocupación por el medioambiente, la sobreexplotación de los recursos naturales y el tamaño desmedido de la especie humana son una constante en la reflexión filosófica y la novela de ciencia ficción desde los tiempos de la creación de la hipótesis Gaia.
«No me gusta que la Real Academia de la Lengua vaya cambiando las definiciones de las palabras», comentaba el autor de 2222 en una de las presentaciones de su novela,  «en la definición que hace unos años se encontraba en su diccionario de la entrada “plaga”, la especie humana se encontraba ahí. Ahora nos han sacado de ahí, para que no resulte tan crudo, pero lo seguimos siendo, una plaga, y de esto trata un poco esta novela». 
La editorial asturiana Pez de Plata, especializada, con sus propias palabras en narrativa humorística y literatura de género, aunque todo vale cuando nuestros autores persiguen a través de sus obras el gran objetivo perturbador: la provocación de sensaciones materiales en el lector, ha acogido en el seno de su colección Narrativa Pez de Plata esta obra breve, una nouvelle de apenas un centenar de páginas de lectura rápida y obsesiva, gracias, en parte a la estructura en pequeños capítulos concatenados como entradas de diario, un diario escrito a ocho manos entre cuatro de los personajes principales de la historia, Zalt, el millonario anarquista que se convierte en el deus ex machina que pone en marcha la narración, con su altruista acogida de invitados excéntricos en su mundo golpeado por la muerte y la pérdida, Nat, un enigmático militar de alta graduación, que aparece de repente como interlocutor con su método dialógico de plantear preguntas sin respuesta, no quedando muy clara la filiación anterior con su anfitrión, Kest, un humanoide femenino de última generación que no podemos evitar emparentar con la replicante Rachael de Blade Runner, y su creador, Fánot, este sí algo menos taciturno que su posible antecesor bladerunneriano J. S. Sebastian
Con un estilo particular que conjuga una sintaxis contundente, a veces obsesiva, y un léxico que nos retrotrae a la mejor versión de la CF, aquella que contextualiza en los detalles sólo como ancla para llevar hasta las profundidades el ansia de conocimiento del espíritu humano, con ecos del mejor Stanislaw Lem, el lector se ve arrojado de lleno a una situación que durante las 15 o 20 primeras páginas le hace fruncir el ceño en alguna que otra ocasión, todavía ajeno, todavía extrañado y sin saber muy bien hacia qué derroteros, tanto narrativos como argumentales, le va a llevar el autor. A partir del momento en que la extrañeza pasa a ser filiación, la intriga, junto a la fascinación por cómo consigue convertir una reflexión tan evidente como la de la sostenibilidad en discurso político radical y, al mismo tiempo, no sonrojante, se adueñan de una lectura voraz.
«Esta es mi séptima novela publicada, pero sólo estas dos últimas están escritas en un estado de ánimo especial, sin esquema previo, sin guión casi. Son “novelas anímicas” que reflejan mi estado de ánimo del momento. La anterior, Nueve semanas es agitada, irónica, mientras que esta 2222 es tranquila, sosegada, un espíritu contemplativo, como el del propio personaje central, Zalt. En 2222 el estado de ánimo que tenía al escribirla era un estado de ánimo social, analizo en ella la situación social y entro en mi particular túnel del tiempo, para ver cómo estarán las cosas dentro de 200 años. Aunque soy escéptico en cuanto a la sociedad, creo en el individuo y así defino el estado de ánimo que me lleva a escribir esta novela».
Aunque nacido en València, el escritor autoidentificado como calpino Salvador Pérez López (València, 1959), bajo el pseudónimo P. L. Salvador, da carta de autentificación a su pasión literaria, pasión que sólo puede ser entendida desde su autorreconocimiento como autodidacta… qué escritor no lo es, al menos en cuanto supera los límites de la técnica aprendida, para convertir sus escritos en literatura. Creador de joyas, trabaja sobre ellas con los mismos dedos con que puntea las cuerdas de su guitarra, en el grupo Prolýmbux, mientras idea de qué manera introducirse entre las líneas de sus creaciones. Se echa de menos, en el reverso de la preciosa tarjeta de dramatis personae que acompaña la cuidada edición de Pez de Plata, un score, una lista de temas que puedan acompañar en la lectura.
Para presentar la trama, nada mejor que las propias palabras del editor, impresas sobre la contracubierta: «Imagínate en el año 2222. Imagina un planeta superpoblado donde convivimos con robots, aeronaves personales y androides de todo tipo. Como somos demasiados, los elementos deletéreos lo tienen fácil. Lo que antes mataba a seis personas, ahora mata a seis mil. Imagina cuánto paro habrá. Cuánta insatisfacción. Imagina hambrunas, hacinamiento, epidemias, catástrofes naturales... ¿Todavía crees en la humanidad? Piénsalo.
Ahora imagina una casa de campo y un grupo de personas que quieren vivir al margen de la sociedad. Imagina que eres una de esas personas. Visualízate. Si ya te ves dentro de esta historia, responde a la pregunta que la inicia: “Imagina un mundo mejor. ¿Qué añadirías? ¿Qué quitarías? Piénsalo bien”».
Contextualizar esta trama en los escenarios de Calpe y Benissa lo hace todo aún más auténtico. Especial atención al relato El retraso, introducido en la trama como un mcguffin de magnífica factura, que además juega al juego de los espejos.


Eduard Aguilar


Texto original:

2222 (Blog literario Ni un día sin libro)


Definitivamente, P.L. Salvador me ha vuelto a dejar con la boca abierta. Ya os conté mis impresiones con Nueve Semanas. Un libro rupturista en fondo y forma, una lectura que se coló en nuestro blog casi sin darnos cuenta y se ha convertido ―por la cercanía de su propuesta con nuestra forma de entender la literatura ― en uno de esos libros que aparecen en nuestras conversaciones con amigos cuando queremos descubrirles nuevas fronteras como lectores.
Y ahora, sin previo aviso, sin ni siquiera un año para coger aire, nos llega 2222, el nuevo libro de P.L. Salvador, de la mano ―de nuevo― de la editorial Pez de Plata.
Discurso narrativo propio.
Como lector prolífico y muchas veces desdoblado (varias lecturas simultáneas, la necesidad de seleccionar bien los libros leídos por aquello de la finitud del tiempo) valoro mucho al escritor con discurso narrativo propio. Y eso se tiene o no se tiene. El que trata de tenerlo sin encontrarlo corre el riesgo de convertirse en un imitador o en un alma errante sin horizonte literario. Aunque no conozco la obra anterior de Salvador, sospecho que ese discurso rotundo e inconfundible que tienen Nueve semanas y 2222 viene con él desde hace mucho tiempo. Hay pocos autores que con unas pocas líneas sea sencillo identificar, esos cuya firma se hace innecesaria porque lo que escriben les define. P. L. Salvador pertenece a esa raza en extinción.
¿Qué es 2222? 
En poco más de cien páginas (otro signo de distinción, no tener que justificar una historia con centenares de páginas vacías de contenido, de esas que tanto abundan) el autor nos presenta un mundo distópico en el que la sobrepoblación y la falta de sensibilidad ha acabado con el mundo tal y como lo conocemos ahora. Un grupo de habitantes se propone empezar de cero. ¿Cómo? Pues como solo comienzan de verdad las puestas a cero: reiniciando y eliminando lo que sobra. Y empezar de nuevo, con el grupo que una clase selecta ha elegido y que pretende volver a lo esencial, a los orígenes.
¿Solos o acompañados?
En este mundo futuro las creaciones artificiales son casi perfectas, y los androides son seres tan humanos que cuesta distinguirlos de los que realmente lo son. Ellos también formarán parte de esta revolución. La paradoja (comenzar desde el origen junto a una de las consecuencias que el grupo trata de evitar) está servida.
Relato polifónico.
Igual que en Nueve semanas, el relato de 2222 nos llega de forma singular, a través de los diarios de algunos de los protagonistas. Estos relatos en primera persona se suceden como si de un testigo en una carrera de relevos se tratase. El (los) narrador(es) asumen la responsabilidad de transmitir al lector la crónica de lo sucedido, sin que este note discontinuidades narrativas o temporales. Nos quedan las sutilezas que deja el cambio de narrador, y el efecto mágico (y onírico) que estas producen.
La fuerza de un paréntesis.
P.L. Salvador usa, abusa, retuerce y estruja los paréntesis que componen la historia. Es difícil no sonreír al encontrarse con los paréntesis en las lecturas del autor (en 9 semanas eran un protagonista más del relato). Sin complejos y sin medias tintas, los paréntesis dejan de ser dos signos de puntuación que aclaran un aspecto accesorio de la historia para convertirse en los verdaderos guardianes de la parte interesante de ella. No sé dónde ha aprendido el autor esta técnica, pero en esa hipotética academia él debería ser el catedrático.
Imagina un mundo mejor. ¿Qué añadirías? ¿Qué quitarías? Piénsalo bien. 
Así comienza la historia y esa pregunta se repite (la repiten algunos de los protagonistas a lo largo del libro. Más profunda de lo que parece en ocasiones, la pregunta viene hacia nosotros como un boomerang y nos plantea a qué estaríamos dispuestos a renunciar si de esta renuncia dependiera el fin del mundo.
¿Cómo te imaginas en el futuro? 
Y eso es precisamente lo que hace el autor, imaginarse en el futuro, dentro de doscientos años. No él en estado físico, sino su legado en el mundo: su música, sus libros (hasta los que no ha escrito), sus descendientes. Metaliteratura en estado puro. En la historia  se cuela hasta un  relato real del autor, El retraso, un relato de un libro de Salvador del año 2000, una joya de relato, por cierto, un relato que es parte de la ficción, leído por uno de los protagonistas. Reminiscencias quijotescas que hacen un poco más grande el libro.
De nuevo, el hombre como creador de vida. 
Y regresan a mi memoria, para unirse a este 2222 (o para unirse él a ellos) maravillas como Blade runner, WestWorld, Black Mirror, Inteligencia Artificial. O el padre de todos ellos, aunque no todos quieran reconocerlo, el gran e inimitable Pinocho.
Descubrir a Prolýmbux. 
Y en la línea de las obras transversales de las que os he hablado en algunas ocasiones (como ejemplo reciente, nuestro querido El EfectoMidas) tenemos la música de Prolymbux, grupo del que P.L. Salvador es guitarrista e ideólogo. Una música que pareció creada (muchos años antes) para este libro. Un descubrimiento más en esta obra que apunta muy alto en el horizonte de las obras que marcan el futuro y la pervivencia de la literatura y del arte en general.
Sin duda uno de los libros del año. Un autor a seguir muy de cerca (redundante, porque ya lo era). Felicidades al autor y a la editorial, porque merece una mención especial Pez de Plata, por el impresionante trabajo realizado.
Salvador, un lujo leerte y ser tu amigo. Poder leer y recomendar tu libro me hace sentir un privilegiado, porque como en la historia de 2222, yo también imagino un futuro donde eres uno de los escritores que allá por 2017 escribió un libro que puso un granito de arena para construir la literatura del presente. Del presente del futuro que deseo e imagino.



POÉTICA PLATEADA




1
Estoy leyendo Después de Rita. Otra vez. Recuerdo la primera vez que la leí. Fue durante el desayuno. Al final de la tercera página, levanté la cabeza. «Este tío escribe como yo o yo escribo como él o escribimos los dos igual». Eso dije.
No me gustan las etiquetas. Y sin embargo pondría más. El lector tiene derecho a saber lo que adquiere. La etiqueta temática ya nos dice algo. Novela rosa, social. La etiqueta lingüística apenas se usa. Novela experimental, esteticista.
Compongamos una filigrana plateada con la opinión de la crítica sobre Nueve semanas (justas-justitas):
Destila ruptura.
Osadía creativa.
Original propuesta.
Totalmente diferente.
Experimento narrativo.
Secuencias como dardos.
Una suerte de anti-novela.
Una novela fuera de la ley.
Propuesta artística de riesgo.
Divertida reinvención del género.
Una novela absolutamente inesperada.
Literatura entendida como juego continuo.
Se podría pensar que con esto ya está todo dicho. Pero lo cierto es que nadie ha profundizado en la poética de 9semanas & DdRita. La ambigua etiqueta lingüística no nos sirve. Y como presiento que nadie va a hacerlo, lo haré yo.
(No voy a recabar información sobre DdRita. Pues considero que la filigrana plateada también la define. Para los curiosos: Veloy la terminó en julio de 2013; yo, en septiembre de 2012. Pez de Plata publicó DdRita en 2013 y 9semanas en 2016).
En estas dos novelas, la prosa es prosa a golpe de pensamiento (sin aditivos, sin adornos, seca como la vida abierta). Las frases encierran múltiples frases. Son frases ampliables. Desarrollables.
Se trata de una poética que se debe interpretar. El lector, si lee bien, se descubrirá interpretando a todos los personajes. El lector también debe rellenar los huecos. La lectura ha de ser, pues, reposada.
La lectura de un lector-actor.
Consideraba necesario escribir esta introducción. La próxima semana empezaré a poner ejemplos, a dar explicaciones. La he llamado poética plateada en honor a Pez de Plata, la editorial-madre que nos ha permitido ver la luz.
El análisis será semanal y desarrollará los siguientes temas:
Las descripciones plateadas.
El párrafo con ratificación aparte.
La indispensable pausa del punto-seguido.
La eficacia de las exclamaciones inesperadas.
La ironía de los paréntesis y las filigranas plateadas.
La fuerza de los pensamientos puros: «escribir a golpes».
La trascendencia de las palabras compuestas y de los dos puntos.
La precisión de los sufijos diminutivos, aumentativos y despectivos.
(Sí, eso de arriba es otra filigrana plateada ascendente; también las hay descendentes, regulares e irregulares).

2
Como la poética plateada es concisa, sus descripciones humanas se resuelven en un párrafo. El lector puede (y debe) ampliar el retrato. Se convierte así en lector-escritor. Es lo que tiene esta literatura plateada: te invita, te provoca, te inspira.
«Sesenta años. Pelo platino. Un tatuaje en el brazo. Dedicado a alguien llamado Antonio. Voz de Ducados. Tetas fellinianas. Inmensas en su generoso escote. Ésa es Purificación».
«En su lugar, una presentadora. Una presentadora que me es familiar. Rubios rizos lacados, cara de triángulo equilátero. Pecas pintadas con rotulador. Sonrisa de piruleta de fresa».
«Dedé tiene los ojos negros. Muy negros. Supernegros. ¡Negrísimos! No se maquilla. En absoluto. Su rostro es ovalado, flexible, convincente. Por lo general sonríe con levedad. También evoluciona por la casa con levedad. Y me contempla con levedad (y eso me excita [de forma leve]). Dedé es la delicadeza hecha mujer, el ciclón templado, mi primavera particular».
Tres descripciones. Las dos primeras de DdRita; la tercera, de 9semanas. Frases cortas. Contundentes. Sugestivas. En estas dos novelas hay ironía, pero se trata de una ironía emotiva, realista, delicada. Contradictoria y amarga como la vida misma.
A veces, los párrafos (sean descripciones o no) cuentan con su ratificación aparte. La llamo «ratificación aparte» porque siempre va después de un punto y aparte. La ratificación es corta, nunca supera la línea.
«Paso las tardes y las noches en el sofá. Recostado sobre un cojín. Bebo un par de cervezas bien frías. Dos o tres cervezas, sólo a veces cuatro. Casi nunca cinco. Apenas como nada, estoy delgado. De un modo casi enfermizo.
Araña pálida».
«Dos rosas. Blancas. Todavía sin abrir. Capullitos (con perdón). Tan delicadas… Una para la madre y otra para la hija (depositadas con suavidad junto al plato correspondiente). Y ahora es a Nené a quien se le cae la baba. Vale, a Dedé también (aunque menos). Apúntate un tanto, colega. ¿Y qué hace Kladd? Ah, amigo, no te esperabas esto, ¿eh? Sí, disimula, disimula…
¡Toma!».
Compruebo durante este estudio que DdRita contiene más párrafos con ratificación aparte, mientras que en 9semanas abundan más los párrafos con ratificación seguida. Novelas mellizas pero nunca gemelas.
Las frases cortas de las descripciones plateadas y las ratificaciones marcan pausas. El lector que se las come, se está comiendo la esencia de esta literatura. La expresión «Araña pálida» no solo refuerza su párrafo sino que también detiene la lectura.
La insistencia en la negrura de esos ojos no es redundancia sino amor. Cuando el lector-actor recita: «Dedé tiene los ojos negros», está interpretando el papel de un enamorado que, al pensar en su amada, se pierde en sus ojos: «Muy negros. Supernegros». El enamorado está abismado, los ojos de Dedé llenan la pantalla de su mente. Finalmente despierta: «¡Negrísimos!».

3
En la poética plateada abunda el punto y seguido. Este punto es pausa. Es ritmo. Este punto es armónico. Y muy holista: el lector recibe cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que lo componen. Entre punto y punto, un mundo.
«Por un instante. Sólo un instante. Por un instante se hace presente. Deja de ser espectro. Y es real. Mi padre. Un instante. Real».
«Un bosque de castaños. Estoy casi segura de que son castaños. Parece desierto. Pero no. En un rincón de la foto. Bajo un castaño. Se puede ver una bufanda blanca».
«Estoy en Jávea. Sí, he dormido en casa de Nené. Aunque no con ella. Se nos hizo tarde y me ofreció una habitación. Toda una dama. Culito. Peritas. Ojitos. Negritos. Pelito cortito. Y zapatitos planos. Una Dedé madurita. Afrutada: huele a fruta madura. Me pregunto a qué sabrá. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Los dos primeros fragmentos pertenecen a DdRita; el tercero, a 9semanas. Podría hacer un experimento. Podría coger uno de estos párrafos y reescribirlo. Desplatearlo. Vulgarizarlo. Lo haré con el mío.
«Estoy en Jávea, pues he dormido en casa de Nené, aunque no con ella, se nos hizo tarde y me ofreció una habitación. Toda una dama, con su culito, sus peritas, sus ojitos negritos y su pelito cortito. También usa zapatitos planos. Una Dedé madurita y afrutada, huele a fruta madura, y me pregunto a qué sabrá. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Podría desplatearlo aún más, quitarle los diminutivos y la ironía. ¡Hagámoslo!
«Estoy en Jávea, pues he dormido en casa de Nené, se nos hizo tarde y me ofreció la habitación de invitados. Es delgada aunque con formas generosas allí donde una mujer ha de tenerlas, una Dedé madura, ojos negros, pelo corto, zapatos planos. En efecto, mi ordenador siempre viene conmigo».
Si ahora le añadiera paja.
Si triplicase su tamaño añadiéndole paja.
Si lo hiciera, estaríamos ante un texto convencional.
No lo haré. No soy capaz. La paja. Ay, la paja… Me asusta. Me aterra. Qué miedo… Olvidémonos de ella. La paja, al pajar. Pasemos al siguiente punto: «La eficacia de las exclamaciones inesperadas».
«Una mañana me llama el Jefe de Contabilidad. Un tipo que uno olvida en el mismo instante ―¡ahora!― en que lo ve».
«Eso sí, en la calle suda. Y no poco. A menudo tiene que cambiarse la camisa. ¡Incluso la corbata!».
«Sospecha algo, lo presiento, y también (¡presiento!) que ella está adivinando que yo intuyo sus recelos».
«Se vuelca en mí, se vacía, vomita de manera sistemática, matemática, ¡escrupulosa! el contenido mental que me corresponde».
Estas exclamaciones inesperadas despiertan al lector, llaman su atención, le convierten en un lector-actor. ¡Interpreta! Eso exigen. Exclamaciones, puntos, interpretación. Y un lector-actor marcando los puntos, alzando su voz mental cuando el texto se lo pide, indignándose, enamorándose, reflexionando, interpretando todos los papeles de la novela-guion, un lector-actor que a veces se sorprende leyendo en voz alta, que a veces se sorprende en otra piel, en otro mundo, viviendo otra vida, reescribiendo la obra, haciéndola suya, descubriendo que ya no hay marcha atrás, que ya no le vale ser lector, un simple lector, que ahora (¡de aquí en adelante!) necesitará, querrá ser un lector-actor-escritor.

4
Decía en el segundo capítulo que DdRita contiene más párrafos con ratificación aparte y digo en este (cuarto) que 9semanas contiene más paréntesis. Lo repito: novelas mellizas pero nunca gemelas.
«Organizamos nuestra vida en torno a este sueño. Lo cancelamos todo por un casting, eso por supuesto. Y no nos importa participar en proyectos alternativos. (Sin cobrar.) Ni en obras de teatro infantil. (Cobrando.)».
«Metió su tanga entre el colchón y el canapé, manchó el almohadón con carmín (un poquito [sólo un poquito]) y dejó un preservativo (nuevo [especial {con protuberancias}]) debajo de la cama (escondidito tras una pata)».
Los paréntesis encierran ironía y marcan una pausa. Se podría decir que son comas con carácter. El lector se puede comer una coma, pero un paréntesis impone más. Lo mismo ocurre con las filigranas plateadas: tienen carácter, imponen su pausa.
«Me parece a mí que este egregio señor no contaba con nosotros.
No se le pasó por la cabeza que podíamos entrar en juego.
Una Dedé muy enfadada ni siquiera nos hablaría.
Y Bloss Ñejer, si se enteraba, menos todavía.
Lo hizo tan bien¼: la trama perfecta.
Pero aquí estamos: primero yo.
Y voy a contarlo todo-todo.
Una verdad accesible.
Mi verdad».
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«Estoy sola.
Odio Barcelona.
Estoy sola».
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«Gruñidos,
gorjeos,
silencio».
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Una filigrana larga (9semanas) y dos cortas (DdRita). Estas dos novelas son minimalistas, esteticistas, vanguardistas. Apuestan por una poética directa, pura, rotunda.
Cuando se escribe a golpe de pensamiento, cuando se escribe lo que se piensa sin engalanarlo, cuando la literatura es un estado de ánimo, cuando la amargura (sorda) se traduce en ironía (sutil), cuando se escribe a golpe de sentimiento.
Surgen textos como estos:
«Sólo se oye el crepitar de los neones. A veces una tímida conversación telefónica. Pasos de alguien que va o de alguien que viene. Al lavabo, a la máquina del café, a una reunión.
Bostezos.
Aquí trabajo ocho horas al día, cinco días a la semana, cuarenta horas semanales.
Enero, febrero, marzo.
Archivando facturas».
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«Asiento con disgusto. Mi madre siempre consigue que me sienta mal (y asienta peor). Lo que digo, ya escribo como el tipo ese. Empiezo a pensar que estoy robándole el estilo (es-ti-la-zo). Porque él no tiene ninguna posibilidad… ¡Ladrona! Y pensar que nosotros (nos) somos la crema-cremita (cremosa) de la sociedad. Los dioses del nepotismo. Panza satisfecha y sonrisa jactanciosa. Movemos los hilos: ¡danzad, marionetas!».

5
Ahora mismo no sé cuántas palabras compuestas-originales utilizan otras poéticas. En estas dos novelas abundan. En DdRita he encontrado siete. 9semanas contiene bastantes más, pero transcribiré otras siete.
1: Él apenas habla. Hombre-silencio
2: Abandonan la casa. Silencio-amenaza.
3: Sigo con mi trabajo-bostezo.
4: Un teléfono blanco-roñoso.
5: Pero no abruma con música-taladro.
6: Un gesto siéntese-aquí.
7: Avanza a grandes zancadas. Zancadas-grulla.
1: La primera vez te quedas descolocado-avergonzado.
2: Me mira con cierta dureza y señala mi libreta-diario.
3: Un obrero-cervecero.
4: La cajita-cenicero en medio.
5: Las mesas de la acera-terraza.
6: Lobas esteparias buscando al hombre-chollo.
7: Algo casi-caducado.
Me gustan estas palabras compuestas. Me gusta su precisión. Todos sabemos lo que es un teléfono blanco-roñoso. O un hombre-chollo. Definitivamente, siento que el guion unidor emite ironía-amable.
Qué extraña sensación... Es como si ambas obras compartieran esencia. Una naturaleza que cada autor ha canalizado a su manera. Considero... (...) Ahí me he quedado diez minutos, tal vez veinte. Considerando. Luego he hojeado mis últimas obras.
Ahora pienso que el título de la novela de Mariano Veloy encierra un presagio: Después de Rita no habrá retorno, al autor le será imposible volver, la vieja canción ya no le interesará. Después de 9semanas, lo mismo.
«Para mí, esto de seguir a la gente es pan comido: cuando era una adolescente lo hacía por diversión: elegía a un chico solitario y me iba tras él: ¡lo que vieron mis ojos!...», dice Dedé en 9semanas.
«Pero si persiste, por poco que ponga a prueba nuestra paciencia, entonces: nos aburrimos», dice Nino en DdRita.
«Pero qué gracioso es este Églex. Graciosísimo».
«Tiene la piel blanca. Blanquísima».
Por un lado están los detalles: la puntuación plateada (como esos dos puntos de arriba) o los sufijos plateados (como esos aumentativos de arriba); y por otro, la prosa cruda y clara, el tono, la rotundidad.
Cuando ahora leo mis viejos textos inéditos, entiendo que mi percepción de la Literatura ha cambiado. No sé qué haré con ellos, supongo que el supuesto editor tendrá algo que decir, pero de aquí en adelante no veo otro camino que no sea:
ampliar la poética plateada,
ampliar sus horizontes


Las Nueve semanas (justas-justitas) de Diego Medrano

P.L. Salvador es el último beat de nuestra literatura. Si Aira, hace poco, reivindicaba lo nuevo a lo bueno ―dicotomía mucho más compleja de lo que se piensa― Salvador elige lo veloz a lo lento. Es Kerouac, en calzoncillos, buscando pirulas nuevas (“lunas rojas”) en la nevera de la follatriz y amante de ocasión. Velocidad, por un lado, sustentada en la jerga (fíjense en los paréntesis con vocación de pasodobles: dos adjetivos adelante y uno atrás; ejemplo: "zorra-zorrona-zorrón") y, por el otro, en la sofisticación/ludibrio del dandy de extrarradio (quien inunda el ombligo de la amante de anís del Mono para luego sorber a dos carrillos). Consigue Salvador el reto de Unamuno (“Escribir con todo el cuerpo”) y su mundo golfo lleva todo el guitarrón de la calle aprendida como algo más que escuela: como forma de no volver atrás. Lo dijeron los grandes (Baudelaire, Lautrèamont, Rimbaud) a su modo: la transgresión no tiene retorno, cruzas la línea y ya está, volver es imposible, y aunque lo hagas ya no puedes ser el mismo. Dependencia femenina brutal (“Las hembras joden más si están jodidas”) pero todo un romanticismo negro de lúcido achispado a tiempo completo (de los de uñas largas y toconas, de los de guiño constante y proletario, de los de adjetivación saltarina, ubérrima y venenosa). Su reto es la intensidad, y así logra su colocón que no se acaba nunca, sus siete mil polvos sin sacarla, su mal de baratillo, porque es la obra de un poeta donde el sentimiento ―aun en mascarada― llega a producir lágrimas como melones (que antes fueron de cerezas, en la sátira, y de lentejas, a lo largo de las lecturas entre líneas). La crítica acorderada, mansurrona y lanar no entenderá este libro. Que te importe un pijo, lector: P.L. Salvador enciende el fuego del lenguaje con bidones de gasolina y el chispazo tiene mucho más de quijotismo que de surrealismo. Supera la nostalgia (eso de vivir un tiempo que no existe) con la fórmula in extremis de la soledad llena y no hueca (atiborrarse de velocidad para que el hostiazo sea mítico y con ínfulas y mitra de obispo). Habla de los pechos de sus ninfas (peritas-tas) en un juego que la lengua doma y asimila (peritas-tas) y eso lleva a una de esas sonrisas detenidas (peritas-tas) donde es inevitable que a todos se nos quede cara de gilipollas recordando eso (peritas-tas) que siempre fuimos... puras máquinas deseantes a lo Charles Bukowski, Henry Miller, John Fante y toda la basca en bolas alrededor del fuego sagrado del lenguaje más visceral posible: el de las palabras coruscantes y su calambrazo cuanto más anodino y tedioso es nuestro discurrir por este interminable valle de lágrimas... ¡Divinos sustos! ¡Renacer está garantizado!

Texto original



Nueve semanas (justas-justitas) 2ª


La crítica de Luis Arias Argüelles-Meres:

Nueve semanas (Justas- justitas), de P.L Salvador es, ante todo, un disparate literario que, de entrada, cuenta con la bendición del editor Constantino Bértolo en el papel de prologuista. Se trata de un texto que hace escarnio de principio a fin no sólo del mundo que padecemos, sino también de los tópicos literarios de un género tan sobrevalorado como es la novela actual. Todo lo contrario a esas novelas que dicen atrapar al lector en atmósferas más o menos envolventes, con una trama trepidante y con un desenlace asombroso, por utilizar palabras de las que tanto y tanto se abusa en reseñas de encargo y en contraportadas y solapas de ocasión.

Una chica bien y un vividor que, por avatares diversos, no sólo se conocen y sintonizan, sino que además emprenden una atípica convivencia juntos, gracias sobre todo a un irresistible afán por contar la pintoresca relación que sostienen. Novela, además, muy actual, episodios que se datan en 2012, que hacen sus alusiones a discursos políticos emergentes que irrumpen con auténtica chatarra ideológica y con topicazos de brocha gorda.

Sociedad-basura. Comida- basura. Cuchitriles-basura. Por el medio, la protagonista femenina tiene un padre que, además de ser un personaje extravagante, resulta ser también un poderoso editor. A este propósito, el episodio en el que este buen hombre pretende chantajear al protagonista para apartarlo de su hija es no sólo hilarante, sino además antológico.

En un mundo en el que la acción por la acción es el no va más en el género novela, publicitariamente hablando, irrumpe el libro que nos ocupa burlándose de tanta estulticia.  Porque además lo hace con algo que no se sabe bien qué es, más allá de lo que supone la plasmación de una serie de aventuras y desventuras realmente disparatadas.

Un texto ácido, un texto lúcido. Un texto que busca ―y lo consigue― una suerte de desquite contra tanta estupidez, contra lo políticamente correcto, contra los estragos que causa la publicidad en la que tantos y tantos creen.

Una suerte de anti-novela, protagonizada además por personajes a los que cabe ubicar en el infierno del malditismo literario, y, desde semejante emplazamiento llevan a cabo una divertida reinvención del género, sin fe alguna en ello.

Novela descreída, novela no apta para toda suerte de devotos de la publicidad literaria, novela para lectores cómplices y heterodoxos.

A modo de diario, sin lirismos en la forma, sin la liturgia de la confesión literaria, sin la penumbra envolvente con la que se pretende dar morbo al intimismo.

Todo un divertimento para quienes les gusta disfrutar de la acidez bien contada.







Nueve semanas (justas-justitas) [1ª]



Entusiasta crítica en el blog Ni un día sin libro:

Me gustan las propuestas artísticas de riesgo, aquellas que destilan ruptura, nuevos territorios, osadía creativa. Porque además (y a pesar de que a menudo os pretendan convencer de lo contrario), en la lectura de los pioneros, de los que reman contra la corriente, de los que no escriben para complacer a nadie (a veces ni a sí mismos) uno es capaz de encontrar la auténtica felicidad como lector. Es en esos libros donde me reafirmo en el sentido de mi pasión, esta que en los albores de los cuarenta me hace seguir entusiasmándome con nuevas vidas por vivir, con maravillosos mundos infinitos que tratan de compensar la finitud de nuestra vida real.

No se me ocurría una forma mejor de presentaros Nueve semanas (justas, justitas), uno de esos libros en los que he disfrutado perdiéndome, deseando que sus páginas no se agotaran.

Nueve semanas es el título del libro, y nueve semanas es el marco temporal en el que Bloss Ñejer, gran protagonista de esta historia, vive, crea, comparte y sufre su gran proyecto literario.

Porque Bloss es escritor, un (no) escritor canalla y mujeriego, y vive (y escribe) convencido de que su proyecto literario marcará un antes y un después. Tanto que el lector entusiasta y convencido acabará irremediablemente entregado a su irreverente prosa y a su excéntrico y genial proyecto.

Porque su novela, que empieza siendo una suerte de autobiografía casi en directo, narración de hechos vividos por el propio autor a modo de diario, crece hasta desbordarse por todos los márgenes, hasta convertirse en novela compartida, donde otros narradores aparecen y desaparecen, voces que se entregan a continuar lo iniciado por Bloss Ñejer.

Aparentemente nada nuevo: varios narradores contando una historia, diferentes puntos de vista, medias verdades, distorsiones y perversiones; pero en realidad totalmente diferente a lo que creas haber leído: porque los narradores narran con la plena consciencia de estar escribiendo un libro, el de Bloss Ñejer.
Y detrás de todo, un escritor magnífico, P.L. Salvador, del que nos parece increíble que todavía no se hable de él. Sobrado de talento y perteneciente (no sé si conscientemente) a esa escuela de escritores que de tanto en tanto ponen del revés la literatura de manual y de sobremesa, esa que nos demuestra día a día que no vale leer cualquier cosa.

Salvador, un placer tenerte al lado de nuestros canallas favoritos, Montero Glez, Juan A. Belmonte, Santiago Ramos. Locos herederos cervantinos que hacen de los libros codiciosas obras de arte y diversión.





El viaje secreto de Elidan Marau a través del Mar de Leche


Es complicado, en estos tiempos de obviedades y previsibilidades, encontrar Literatura original. Qué curioso, pues si la Literatura es un arte, ¿cómo es posible que exista literatura imitativa?
Seguir una escuela no tiene nada que ver con la vulgaridad. Claro que: hoy día, ¿quién sigue una escuela? Lo que hoy suele hacerse es repetir y repetir y volver a repetir. Contar de la misma forma y con las mismas palabras lo que ya mil veces fue contado.
Por eso me parece tan (¡tan-tan-tan!) transcendental la originalidad. Cierto que es arriesgada, pero el arte sin riesgo no es arte. «Oiga, es que yo solo quiero distraerme», replica alguien. «Muy bien ―acepto―: cómprese un libro distraidor, pero no diga que es Literatura.»
Lo cual: no quiere decir que la Literatura sea aburrida. Muy al contrario: la Literatura siempre es divertida. Y si no lo es, no es Literatura. Otra cosa es que el lector no consiga entender, no sienta, no sea capaz de originar la obligada sincronía.    
Cuando adquieres El viaje secreto de Elidan Marau a través del Mar de Leche sabes que estás comprando un libro diferente. El título es también etiqueta. El autor, Víctor Nubla, nos está diciendo: si el título te asusta, no compres mi libro.
«Hileras de palmeras. Sólidas o líquidas, plasmadas en cristales que ocupan el espacio: atentos a su lengua.» Así arranca la historia de un narrador que he sentido lejano y cercano, casi omnisciente, siempre mágico: atentos a su lengua foránea.
«La isla tiene voz», nos dirá después. El estilo es tibio, resbaladizo, convincente, te acuna y relaja. «Este libro tiene voz ―digo yo―, color, olor y hasta sabor.» O bien la hipnótica voz es verdiazul, marina y entrañable.
La historia es también atemporal, surrealista, extravagante. Pero no se puede describir este libro con una simple suma de adjetivos. Sin embargo, sí pueden darte una idea del asunto, lector/a, sobre todo si finalmente decides conseguirlo.
Es libro de múltiples lecturas. A veces nítido: «En su tercer despertar, no entiende por qué ya no le duele nada». A veces abstracto: «Esa literatura peligrosa que usan los entrenadores de aves». A veces poético: «Duerme. Quizás una hora. La propia canícula sestea también sobre la tierra».
Víctor Nubla ha escrito un libro sensitivo. Que se ha de leer de una forma distinta. Que se ha de percibir con el alma de los ojos. Que requiere más corazón que cabeza. Un libro «que no explica las cosas sino lo que mueve las cosas».

KOUNDARA



Cuando me visto de crítico literario, juzgo los textos por lo que pretenden y consiguen. Leo literatura esteticista, juzgo su estética. Leo literatura vanguardista, juzgo la calidad de su audacia. Leo literatura-literatura, juzgo y rejuzgo. Leo literatura social, juzgo su aporte social.
En este mundo literario nuestro no todo es literatura. No hubo custodios literarios oficiales con plenos poderes. No se pudo separar la paja del grano. Hoy día, mejor no pensar en ello, pues sería cuasi imposible. Cuando cae en mis manos un libro de paja, lo dejo en la novena página. En algunos casos excepcionales, lo termino y critico. Tal es el caso de El santo (César Aira), una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida*. Pues bien, una vez que ha quedado probado que también hago críticas negativas-demoledoras, diré que hoy toca grano. Toca hablar bien de Koundara, un libro que consigue lo que pretende.
Las siete historias:
Koundara: Una mujer (inocente-insular). Un entorno absurdo-egoísta (como la vida misma). El libro de Anne Sexton o Sharon Olds (a modo de refugio). ¿Qué puedes hacer cuando has nacido en el seno de una sociedad que desapruebas? David Pérez Vega, a través de un relato antisistema, nos habla de un sistema apoyado por individuos que se creen benefactores (casi individuos antisistema) cuando en realidad son parte de ese sistema que día a día nos destroza la vida, la esperanza, la ilusión. El estilo es analítico. La mujer que nos cuenta la historia se queda fuera (o lo intenta).
Mencionar la forma en que la protagonista nos habla de sí misma: Lo que le conté-lo que no le conté (a Maica). Estos detalles técnicos son la sal (y pimienta) de todo texto. Quizás el zampalibros no les presta la debida atención y ahí empieza la mala lectura. Al margen de esto, la narradora se deja ver a través de su narración.  
Acrópolis: La cotidianidad de la España derrotada escrita en un tono coloquial, más espontáneo, pero efectivo al fin. Tal vez la sintaxis es menos precisa en esta segunda historia; tal vez es una historia que requiere una sintaxis menos precisa.
Mencionar el «―consideraba―», que se repite dos veces y yo hubiera repetido bastantes más; y que este texto está escrito en un tono más difuminado que le confiere fuerza al desenlace.
La balada de Upton Park: Tercera historia, tercer tono narrativo, en esta ocasión casi documental, testimonial, hechos que probablemente han sucedido o sucederán. La magia del realismo, la cotidianidad narrada que en el próximo siglo devendrá en túnel del tiempo literario.
Mencionar que estilísticamente es la que menos me ha gustado, aunque también consigue lo que pretende.
Maestro: Cuarto relato, cuarto tono. En esta ocasión, la historia parece narrada «de carrerilla», como si el narrador no tuviera ganas de contarla pero se creyese en la obligación de hacerlo.
Mencionar que ―al margen de su prosa― este relato aporta bastante.
Quitasol: El tono puro de la cotidianidad, de la nostalgia, y de nuevo: el absurdo de la vida. Muchas veces (o casi siempre): las pequeñas cosas terminan marcando nuestras vidas.
Mencionar la mención especial que merece el párrafo final.
Cazadores: O el capítulo de los solteros solitarios que aborrecen su soltería y su soledad. Vivimos unos días en los que lo más habitual es estar soltero o separado o divorciado. Si seguimos así, las viudas podrían empezar a escasear.
Mencionar lo que ya todos sabemos: que cualquiera puede terminar soltero/a y solo/a. Y, por lo general, esto es algo terrible.
Tetras de ojos rojos: El sufrimiento de una esposa-madre dentro de una narración neutra que la envuelve (o encierra). Lo absurdo de conseguir un buen estatus si este no te aporta una cierta felicidad. Pararte a pensar que las cosas no impedirán que te sientas vacía. Equivocarte día tras día sospechando que te estás equivocando pero sin encontrar la forma de salir de una espiral que terminará abocándote a la más terrible de las soledades.
Mencionar que este relato debería ser de obligada lectura para las madres-esposas que tienen dudas (de todo tipo) y ―sobre todo― para las que no tienen dudas (de ningún tipo).
Conclusión:
Un libro realista, social, en la línea de Grietas (Santi Fernández Patón) o Filtraciones (Marta Caparrós). Un volumen de relatos que más bien son micronovelas. Una obra que también podría ser una novela con personajes que no llegan a conocerse. Así la he entendido (yo). Y así recomiendo que se lea, como un todo que es bastante más que la suma de sus partes.
Koundara, de David Pérez Vega.




Koundara vive aquí:

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