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7777 (Joseto Romero)
Hará menos de un año que descubrí por casualidad
la novela 2222, de P. L. Salvador.
Poco después, la editorial Pez de Plata tuvo el
acierto de lanzar 7777, una obra que incluye el 2222 original
y sus continuaciones, 4444 y 7777,
en un único volumen.
¿Necesitaba 2222 una
continuación?
Sí y no.
Para mí, 2222 es
perfecta en sí misma, funciona de manera autónoma. Es un primer relato, o
novela corta, maravillosa. Te invito a visitar mi reseña original en el enlace
de más arriba.
Pero lo cierto
es que 2222 admitía mucho más y es una alegría disponer
de esta versión extendida.
La
continuación que ha planteado P. L. Salvador es buena. Si el primer relato
transcurre en el año futuro 2222, ahora sube la apuesta para relatar los
sucesos que ocurren mucho después, primero en el año 4444 y, finalmente, en
7772. No es una errata, he dicho bien: los sucesos del último tercio de la
historia ocurren antes de llegar a esa fecha con forma de póker que todos
esperan (y el lector también), pero casi es lo de menos: la sombra del cercano
7777 está tan presente que se hace tangible. Así, estamos ante un libro de
ciencia ficción altamente especulativo, que avanza a un futuro muy lejano y
que, sin embargo, se siente muy cerca. Porque el libro habla de lo más próximo
que tenemos las personas, ¿y qué hay más cerca que lo que llevamos metido
dentro? Dentro del corazón, o dentro de la cabeza. Lo cerebral y lo cardial. De
eso va 7777. Y de cómo, en esencia, lo interno lo define
nuestra relación (tan necesaria) con las personas que queremos.
Cuando
leí 2222, no pude evitar pensar que la fecha era más que un
mero indicador de futuro, más que un juego curioso de números. Interpreté que
tantos doses se debían a la importancia de las parejas en la obra. Ahora, en su
continuación, diría que el concepto se sigue desarrollando, pero toman más
fuerza las parejas madre-hija. Y este concepto es, para mí, el que hace
que 7777 sea una obra más completa. Si en el primer
relato se centraba en las parejas hombre-mujer, los siguientes se centran más
en las materno filiales (y paterno filiales), completando así un conjunto
coherente en ambas coordenadas. En resumen, diría que 2222 se
centra en las parejas, 4444 en las relaciones madre-hija y
que 7777 procura cuadrar por fin toda la ecuación en ambas
dimensiones.
De nuevo me queda una reseña
extraña: sé que no estoy explicando de qué va el libro. No importa. Te lo
recomiendo, eso es todo. Te lo recomiendo de forma sincera, es una lectura
diferente, hipnótica, escrita con un estilo reconocible, fuerte y estético que
lo hace muy especial.
La
edición que ha creado la editorial Pez de Plata es preciosa. Acierta no solo en
los elementos habituales de su Colección Narrativa Pez de Plata (solapas
anchas, portadillas ilustradas a toda página, tarjeta, marcapáginas…) sino que
aporta dos cosas esenciales para disfrutar más aún de la obra. Al inicio,
incluye un listado de personajes. La narración es directa. Los personajes se
introducen rápido y sus nombres son inventados, en muchos casos tan solo
monosílabos, y disponer de todos a golpe de vista puede ayudar. También se
agradece el glosario de autorismos de las páginas finales. Los autorismos
juegan bien en la obra, acentúan el efecto de ciencia ficción, aunque en mi
opinión hubieran funcionado igual de bien en menor número (¡hay más de 100!).
Estoy seguro
de que 7777 será una de esas lecturas que no olvidaré,
que mantendrá su magia en mi memoria lectora, un puesto propio y singular.
Algunos libros se disfrutan mucho en el momento, pero luego se diluyen. Este,
por muchas razones, es de los que persisten.
La locura de amar la vida
Monica Drake es un torbellino.
Monica Drake es un remanso. Monica Drake te invita a contemplar la vida desde
su precipicio particular. No hay literatura sin riesgo, y esta autora los asume
todos. No hay literatura sin magia, y esta historia es un mago saliendo de la
chistera de un conejo.
«Había un telón de fondo no
reconocido en el hecho de ser un niño en tierras que se convertían con rapidez
en centros comerciales, cuando amabas los árboles y una silenciosa presencia
corporativa seguía apareciendo para derribarlos. Era la sensación impotente de
que todo aquello que alguna vez habías amado podía ser destruido, sin
discusión».
La locura de amar la vida es un libro descuartizado, de
sabor intenso y final abisal. La locura de amar la vida es un
viaje oregoniano que arranca con la ilusión más inocente y termina sin terminar
con la ilusión más genuina. La locura de amar la vida es un
círculo perfecto que no acaba de cerrarse.
«Levanté mi vaso, dándole la
bienvenida al desempleo. Él también levantó el suyo, consciente o
inconscientemente, pero brindando por la belleza de su inminente caída».
Un padre ocupado. Una madre
soñadora. Y dos hijas que se buscan sin encontrarse. Un argumento cotidiano que
Monica Drake convierte en una locura, en una forma de amar la vida donde lo
decadente y lo sublime se rozan, coquetean y hasta llegan a bailar una canción
lenta de las de antes.
«¿Cómo era posible que parecer
una stripper se hubiese puesto de moda exactamente al mismo
tiempo que el resurgimiento de las barbas?».
Monica Drake suelta chispas de las
que pican y repican, de vez en cuando desata su genialidad y nos rompe los
esquemas, y entonces sonreímos por dentro, por fuera y por detrás.
«Las mujeres hacían cola para
casarse con ese hombre. ¿Cuatro esposas hasta ahora? Eso hace una cola. Yo
sabía lo que la gente hacía por toda la ciudad cada vez que encontraban una
cola: unirse a ella».
La locura de amar la vida tiene ritmo, es original,
arranca bien y llega a su destino sin complicaciones. La locura de amar
la vida te coge por las axilas, como si fueras el niño que quiere
volar y volar, y te lleva en volandas a los sitios más inesperados.
«Metí toda mi metrópoli de
microbioma en el río. El agua me heló el corazón. Limpió el polvo de mi piel, y
alimentó mi espíritu o lo que fuera que tuviera a modo de alma moderna».
Y Monica Drake mete toda nuestra
metrópoli en su universo, y su prosa nos atraviesa el alma y limpia el polvo
que dejaron en nosotros los libros prescindibles y alimenta nuestro apetito
lector o lo que sea que tengamos a modo de ansia literaria.
«Incluso un bebé humano en el útero
es un parásito. ¿Quizás no haya bebés del todo humanos? No hay adultos del todo
humanos. No hay humanos del todo adultos tampoco».
Me gusta el artefacto literario que
Monica Drake se ha sacado de la manga. Me gusta mucho sentir su coraje, su
comprensión, su saber. Me gusta más que mucho su manera de cerrar la historia
sin cerrarla.
«Pero yo había crecido en el
Arboreto, rodeada de campos en los que los árboles eran sacrificados para hacer
hueco a los suburbios y los centros comerciales, y mi corazón estaba con los
árboles».
Diez años después
La noticia es
que vuelvo a Pez de Plata. Diez años han pasado desde la publicación de Nueve
semanas (justas-justitas). La verdad es que pensaba que ya no volvería a
trabajar con Jorge Salvador, y no porque nos llevemos mal, sino porque su
editorial tiene muchos pretendientes y pocas plazas.
Así que de
algún modo ha sido una sorpresa, y ahora falta ver qué pasa con ese 7777
que nadie esperaba, y yo menos que nadie, pues supe que estaba escribiendo 4444
en la cuarta página, justo cuando Exla le pregunta a Doj por sus abuelos y la
chica le dice que son kestitas.
Y algo parecido
me pasó con la tercera parte del libro, un libro que se puede entender como
libro articulado en tres partes o como trilogía, 2222, 4444, 7777,
un libro que empezó con un estado de ánimo y termina de forma espontánea,
impensada, es lo que tiene escribir sin esquema, sin red, escribes sin saber qué
estás escribiendo, y te sorprendes cuando a mitad de la historia lo descubres.
7777
Imagina un planeta superpoblado donde convivimos con robots, aeronaves personales y androides de todo tipo. Como somos demasiados, lo que antes mataba a seis personas ahora mata a seis mil. Imagina hambrunas, hacinamiento, epidemias, catástrofes naturales... ¿Todavía crees en la humanidad? Piénsalo. Ahora imagina una casa de campo y un grupo de personas que quieren vivir al margen de la sociedad. Imagina que eres una de esas personas. Imagina un mundo mejor y responde a la pregunta: «¿Qué añadirías? ¿Qué quitarías?». Piénsalo bien.
Año 2222.
Año 4444.
Año 7777.
Parece inconcebible que una historia de supervivencia dure más de cinco mil años. Pero en un futuro lejano todo puede ocurrir. Lo bueno y lo malo. El amor. La violencia. Lo incomprensible. Lo irreparable. O que las personas sean remodeladas, los espejos tridimensionales y todo vuele o se arrastre hacia la gran catástrofe de los tiempos fulminantes. Cuando esto termine, todos estaremos muertos. Imagina el mundo que dejaremos atrás. ¿Quién querría vivir en él?

7777 combina la potencia y la invención lingüística de La naranja mecánica, los paisajes desolados de J. G. Ballard y la reflexión espiritual de Los amantes de Philip José Farmer.
Ayer fue 2016
«¿Cómo conseguiste un prólogo de Constantino Bértolo siendo
un escritor desconocido?». Así comenzaba Manuel Moyano la presentación murciana
de Nueve semanas (justas-justitas).
Y, de alguna forma, todo empezó (o continuó) con Constantino Bértolo.
Llevaba diecisiete años de rechazos editoriales
cuando recibí el suyo. No escribía como ahora, aunque ya andaba incubando el
huevo. Creo que él lo detectó, pues su rechazo me resultó esperanzador. En esos
días seguía activamente el blog de Caballo de Troya y fue ahí donde comenzamos
a dialogar.
El rechazó de Constantino propició un cruce de
cartas breves. Y, en ese
cruce de cartas, le envié una vacía de contenido (una carta que solo era [toda
ella] asunto). En ese «asunto» le agradecía el trato recibido, el consejo
(«persevera»), y explicaba que no hacía falta abrirla porque ese «asunto» era
toda la carta. Recuerdo que me contestó algo así: «Una carta genial; si tuviera
cien páginas, la publicaba».
Esa
carta (todo asunto) contenía paréntesis, corchetes, llaves y una pizca de
ironía. Al día siguiente comenzaba Nueve
semanas sin saber lo que iba a pasar. La terminé en nueve semanas y se la
envié. Pero el tiempo se acababa. Era su último otoño en la editorial Caballo
de Troya.
Desde
el principio busqué la solución narrativa que Constantino bautizó como disparate. Decía Bértolo que la estética
del disparate es concepto de larga tradición teórica, y que Gómez de la Serna u
Oteiza tienen excelentes reflexiones sobre el tema.
Constantino
Bértolo interpreta el disparate como un movimiento extremo de ruptura con lo
esperado, como un desorden contra la lógica narrativa con que lo esperado
usualmente se produce. Lo esperado que en definitiva es lo dominante. Y el
disparate como arma contra la tiranía de lo esperable.
Decía que, al
romper esa lógica, el disparate permite que afloren posibilidades de
representación que de otra forma difícilmente podrían hacerse visibles. El
disparate como mecanismo para la necesaria ampliación de la verosimilitud.
Después de
veinte años escribiendo, Constantino definía lo que yo había estado haciendo
por instinto. Nunca me planteé la pregunta. ¿Cómo quiero escribir? Simplemente
escribía.
Aunque
esta es la sexta novela que publico, también es la primera. Ahora me viene a la
cabeza lo que Elvira Navarro me contestó cuando le pregunté por su debut
literario: «Temía los
juicios porque me importaba demasiado saber si había acertado o fracasado».
Pues
en esas estoy (yo) ahora. Vale, ya bastantes lectores se han mostrado
públicamente entusiasmados con la novela, personas que no conocía, pero siento
que esto acaba de empezar. En los veinte años que llevo escribiendo (en serio),
nunca una novela mía había generado tanto disfrute y la verdad es que estoy
encantado.
Se
dice, por ejemplo, que es ocurrente, divertida, canalla, diferente, intensa,
sediciosa, inesperada. También se dice que es
una historia de amor en clave de humor con nueve gotitas de erotismo. Pero si me preguntan a mí, suelo decir que Nueve semanas (justas-justitas) es
―sobre todo― un estado de ánimo.
“Un libro muy bien documentado”
“Un libro muy bien documentado”. Lo pones así, entre comillas, en el buscador de Google y te salen unos cien resultados. Es raro que una frase de cinco palabras genere tantos resultados. Obviamente, hay muchos libros muy bien documentados.
Pero ¿cómo saber cuándo un libro está “muy bien documentado”? Obviamente, para saberlo es necesario saber tanto como el artífice del libro. Pues si no conocemos la información de la que hace gala, no podemos saber si lo que cuenta es verdad o mentira.
O sea, que solo puedes decir que un libro está bien documentado cuando sabes a ciencia cierta que dicha documentación es fidedigna. O sea, que si no lo sabes y lo dices, no sabes lo que dices, no sabes si estás diciendo una verdad o una mentira.
Es peligroso dar por cierto lo que otro dice. Es peligroso también creer que es cierto todo lo que otros escribieron. Los narradores de otros tiempos no eran ecuánimes. Ningún narrador lo es. La realidad, no nos engañemos, es que no hay ni ha habido ningún narrador fiable.
La historia está escrita, pues, por narradores no fiables. Profundicemos en esa no fiabilidad. Soy orfebre, y siempre que aparece la orfebrería, ya sea en una película o en un libro, se equivocan. Y se equivocan de lleno. No dan una.
Supongo que es así con todo. De manera que dejad ya el asunto. Si no lo sabes, no lo digas. No te fíes del escritor. No te fíes de la historia. Además, la literatura es otra cosa, qué más da lo que te cuenten, de lo que se trata es de contarlo como nadie lo ha contado.
Por otro lado, cuando alguien piensa que un libro está muy bien documentado, lo piensa porque el autor se lo está demostrando de la única forma que puede demostrarse, esto es, vertiendo en la historia todo lo que ha aprendido, y como bien decía Alessandro Baricco:
«Hay
pocas cosas más penosas que dejar que en un libro aparezcan los rastros de todo
lo que se ha estudiado. Me atrevería a decir que estaríamos al nivel de esos
tirantes de plástico transparente que ponen en algunos sujetadores».
“Un libro muy bien documentado”. Recuerdo que estuve meses documentándome para escribir la Autobiografía novelada de Emilio Nerva (El diluvio anónimo). Conseguí tres libros gordos sobre la Valencia de principios del siglo XX y me los leí enteritos. El solo hecho de leerlos ya me inspiró, y entiendo que esa inspiración es también documentación.
Confesaré que en la primera versión de la obra vertí demasiados datos, si se hubiera publicado entonces (2003), seguro que se habría hablado de “un libro muy bien documentado”, pero tuve suerte, el libro fue rechazado una y otra vez durante quince años.
Cuando finalmente pude publicarlo, tampoco lo hice, dando preferencia a otras obras, de manera que vio la luz en 2024, y para entonces le había quitado todo lo que le sobraba, una cuarta parte, y lo que había estudiado se quedó en cuatro frases, las justas.
Quiero pensar que la poda no afectó a la parte inspirada. Quiero pensar que una historia no crece con los datos, sino con la intuición del autor. Quiero pensar que la magia surge del alma,
y nunca es tangible.
Verano del 96
«Por primera vez en mi vida (65 años, 5000 libros leídos, 50 000 abandonados) voy a leer un libro dos veces seguidas». Así empezaba la entrevista que este verano le hice a David de Juan Marcos, el autor de la obra que hoy analizamos.
«Verano del 96 es su primer libro de relatos», nos dice la editorial, y por supuesto que se puede leer como libro de relatos (y entonces diríamos que es una obra brillante), pero si lo leemos como la novela que es, entonces diremos que es deslumbrante.
Yo creo que David ha inventado un nuevo género, la literatura teseica (por aquello del laberinto), un género donde el detective es el propio lector, y el misterio a resolver la propia novela. Cuando se lo comenté, me dijo que «En cuanto a inventar algo nuevo, sin tenerlo claro me jugaría un brazo a que se ha hecho muchas veces».
Pues, oiga, yo es la primera vez que me encuentro con una novela teseica que además de teseica es formidable, pues contiene la voz, la atmósfera y la magia que toda literatura debe contener. Sí, David ha inaugurado un nuevo género detectivesco cuyo misterio está en la propia obra.
La novela teseica es una novela con aspecto de volumen de relatos donde todo encaja y donde el juego consiste ―precisamente― en hacer encajar todas las piezas. Los capítulos se pueden leer como relatos independientes, pero ―y esto es importante― la novela es mucho más que la suma de esas partes.
Aunque soy un lector meticuloso, no conseguí descifrarla en la primera lectura, me quedé con un regusto extraño, frustrado tal vez, ¿qué narices escondía ese libro?, sabía que escondía algo pero no sabía qué. Así que volví a leerlo, en esta ocasión armado con papel y lápiz.
Lo primero, ¿quién narra? Hay que apuntarlo. Cada capítulo tiene un narrador. Es indispensable también anotar todos los detalles. Por ejemplo, los motes y características de los personajes. El protagonista (Miguel, Miguelín o Miki) es flaco, pálido, ojijunto, orejón, a veces feúcho, y tiene cara de lagarto.
Otros detalles que registré: mujer con mechón de pelo blanco, padre teniente (aviador), mamá de guardia, especialista en fuego, tele llena de niebla, dumbo (orejón), «dicen que está loca».
El gozo es grande. Cuando finalmente todo encaja. Cuando finalmente lo sabes todo, quién es quién (Fran López, alto, con bigote; Billy, gordo, lelo; Tano, infantil, pequeño), cuando finalmente descubres lo que el libro escondía.
«A partir de aquí la tía Marisol hizo algo de lo más extraño: empezó a enseñarnos nuestra ciudad. Con maneras de guía turística, nos mostró el edificio donde trabajó de costurera antes de, el soportal en el que se citaba con sus amigas cuando, la cafetería ―un restaurante chino ahora― donde. Y decía nombres como si supiéramos quiénes eran o como si nos importara quiénes fueron. Aquella esquina, aquel beso y aquel novio tan joven y tan bien puesto que iba para piloto del ejército».
Lo más rompedor que he leído.
Una obra trascendente.
La novela.
Conversando con David de Juan Marcos
Por primera vez en mi vida (65 años, 5000 libros leídos, 50 000 abandonados) voy a leer un libro dos veces seguidas. Y, además, lo voy a hacer con gusto. Disfrutando. Hablo de Verano del 96, la última obra de David de Juan Marcos.
Me pongo en contacto con el autor. Pretendo entrevistarlo antes de comenzar la segunda lectura. Disfrutando porque este libro chorrea creatividad. Pero hay más razones. Que desvelaré en la obligada reseña.
―David, ¿sabes de alguien más que haya leído el libro dos veces?, ¿intuyes por qué voy a hacerlo yo?, ¿supone Verano del 96 una vuelta de tuerca en tu carrera literaria?
―Voy a pasar rápidamente y con algo de pudor el comienzo de tu intervención. Pero puedes imaginar lo profundamente agradecido que estoy por tus palabras.
»Sin tener una certeza absoluta, puedo intuir por qué sientes el impulso de hacer una relectura. Voy a dar un rodeo para explicarme, pero estoy seguro de que pronto entenderás por dónde voy. En lo personal, creo que un libro de relatos no debería ser simplemente una colección de historias. Aunque cada cuento funcione de manera independiente, es fundamental que compartan algo: un tono, una inquietud, un vuelo y una profundidad. Ese "algo" puede adoptar muchas formas: una unidad temática, temporal, estilística, un conflicto, un escenario; una búsqueda estética, en definitiva, que atraviese todo el libro. Cuando eso ocurre, los relatos ganan en hondura, en cohesión y en resonancia. Cada texto conserva su autonomía, sí, pero juntos conforman una estructura más grande, una obra con sentido propio, como una constelación donde cada punto brilla por sí mismo y a la vez dibuja una figura.
»En Verano del 96 hay, creo, una búsqueda estilística clara. También —si se quiere— una unidad temática, que gira en torno a la pérdida y el paso del tiempo (aunque, dicho sea de paso, ¿qué libro no habla, en el fondo, de la pérdida y del paso del tiempo?). Pero además, hay un juego oculto que no todos los lectores notan —y que no es en absoluto necesario que lo hagan para disfrutar el libro—: aunque son nueve historias, puede intuirse un décimo relato que las sobrevuela, que está presente en los intersticios, como un eco o un susurro. Ese relato invisible está ahí, para quien quiera verlo, y una de las ideas es que te queden ganas de regresar al libro para rellenarlo por tu cuenta.
»En cuanto a la segunda pregunta, te diré que escribir un libro de relatos siempre fue un capricho personal, una aspiración nacida del profundo placer lector que me produce el género. Lo disfruto enormemente, en parte porque ofrece una plasticidad y una libertad experimental que rara vez permite la novela. Por suerte —o por respeto— entendí muy pronto que también se trata de un género sumamente complejo, de una ejecución delicadísima, donde el más mínimo error puede echar a perder una historia entera. Tal vez por eso he tardado tanto en animarme a intentarlo.
Me quedo pensando en la respuesta de David. Me quedo pensando en la siguiente pregunta. Me quedo pensando en Verano del 96, que es ―sin duda― lo más interesante que he leído este último año.
***
―Sigamos. Tu penúltimo trabajo, Desde que me quedé sin dioses, tenía
argumentos para convertirse en un superventas, pero sospecho que no ha sido
así. Esta obra es ensayo, es biografía, es
novela y es, sobre todo, literatura. No sobra ni falta nada, y puedo decir que
es lectura amena, fascinante y, de algún modo, trascendental. Encima de todo
eso, había una editorial potente detrás. ¿Qué nos puedes decir? ¿Se han
cumplido tus expectativas? ¿Piensas que una obra demasiado buena difícilmente
puede ser comercial?
―Si
el cura y el barbero de don Quijote vinieran a quemar mis libros, Desde que me quedé sin dioses sería, sin
duda, el que intentaría salvar del fuego. Es el libro del que me siento más
orgulloso. No afirmo que sea una gran obra —eso no me corresponde a mí decirlo—,
pero sí puedo asegurar que es, sin duda, lo mejor que he escrito. Aún hoy me
reconozco en sus páginas, y siento que, por momentos, logré acercarme a ese
imposible de que el libro imaginado y el libro escrito se parezcan.
»Para
quien no lo conozca, Desde que me quedé
sin dioses transita entre los límites de la ficción y la memoria, y narra
una historia real: la del doble exilio de una familia palestina, primero hacia
Siria y luego hacia Europa. Su escritura fue, además, una experiencia
profundamente enriquecedora. Tanto, que decidí incorporar parte de ese proceso
dentro de la propia obra. Esa elección terminó siendo un acierto: aportó una
nueva capa de lectura a la historia de mi amigo Momo.
»En
cuanto a la segunda parte de tu pregunta, daría para una conversación larga. El
destino de un libro en el mercado depende de múltiples factores. La calidad del
texto es solo uno de ellos, y ni siquiera el más decisivo. Desde que me quedé sin dioses fue finalista de cinco o seis premios
importantes de novela. No ganó: quizá porque había obras mejores, o quizá
porque, como señalas, no es una novela en sentido estricto.
»Luego
llegó la pandemia. Las editoriales, abrumadas por un exceso de títulos,
paralizaron la adquisición de nuevas obras. Cuando finalmente logramos que una
editorial apostara por el libro, el proceso fue caótico e
inverosímil. Algunas posibilidades de traducción se vinieron abajo por detalles
difíciles de creer. A eso se sumaron la crisis del papel, el desmantelamiento
de la editorial y una promoción del todo inexistente. La publicación se retrasó
hasta julio, un suicido en términos de lanzamiento de novedades editoriales.
Para entonces, además, los temas que abordaba Desde que me quedé sin dioses —Palestina, la guerra en Siria, el
drama migratorio— ya no ocupaban el centro del debate público. Paradójicamente
(y tristemente), hoy esos mismos temas vuelven a abrir los telediarios.
»Todo
esto hizo que el libro pasara prácticamente desapercibido. Y ya se sabe: de lo
que no se habla, no existe. Me consuela que al menos las críticas que recibió
fueron excelentes, y que es un libro que los lectores recuerdan con mucho cariño.
»Curiosamente,
Desde que me quedé sin dioses tuvo
una segunda vida en México, donde sí contó con una campaña de promoción adecuada
y logró encontrar a sus lectores.
Suelo decir que toda obra ha de aportar algo si quiere ser literatura. Con Desde que me quedé sin dioses, David de Juan Marcos aporta mucho, lo aporta bien y lo aporta con sencillez, con humildad, con la vista puesta en un horizonte puramente literario.
***
―Sigamos. Entraste en lo editorial con El baile de las lagartijas. Premio de Novela Vicente Blasco Ibáñez. Corría el año 2011. ¿Cómo has vivido estos catorce años? ¿Han cambiado mucho las cosas? ¿Dónde piensas que estaremos dentro de catorce años más?
―El otro día le decía a un amigo que, hace quince años, habría sabido qué consejos darle a alguien que quisiera publicar su primera novela. Tenía una ruta más o menos clara: a qué editoriales llamar, qué premios considerar, qué agencias explorar. Hoy, sin embargo, no sabría por dónde empezar. No sabría qué ideas ofrecerle. Todo se ha masificado.
»Desde fuera, el mercado editorial puede parecer un sector muy tradicional, que apenas evoluciona. Pero la realidad, cuando se conoce un poco más de cerca, es distinta. En estos últimos años, los cambios han sido profundos. La digitalización, la autoedición y, sobre todo, las redes sociales han convertido la llamada ingeniería social —la habilidad para construir relaciones, visibilidad y comunidad— en un factor esencial para que un buen agente o editor te tenga en cuenta. Los hábitos de lectura se han transformado; el audiolibro ha irrumpido con paso lento pero firme; y aunque el papel sigue reinando, el ecosistema narrativo ya no es el mismo.
»A simple vista, podría parecer que hay más opciones: más editoriales, más agencias, más premios. Pero también hay más homogeneidad en la oferta, consecuencia directa de la absorción de sellos pequeños por parte de grandes grupos. Y, sobre todo, hay muchos más aspirantes a escritor. Esa es, quizá, la mayor transformación: la escritura se ha democratizado. Internet ha abierto la compuerta y ha saturado los buzones de entrada de editoriales y agencias. El sueño de publicar ya no es minoritario, y eso ha cambiado las reglas del juego. Hoy resulta muy difícil —por no decir imposible— sobresalir en el océano de manuscritos que llegan a diario a quienes pueden dar una oportunidad. Y digo una oportunidad porque no hay opción de construir una carrera si, por la razón que sea, un libro no funciona a nivel de ventas.
»En cuanto al futuro, las predicciones son, por definición, inciertas. Pero también tienen algo de juego, así que juguemos. Te diré que no soy amigo de los apocalipsis cotidianos, sin embargo creo que el mercado editorial tal como lo hemos conocido está a punto de estallar. La irrupción de la inteligencia artificial lo cambiará todo.
»No creo que eso signifique el fin de la literatura. Al contrario: la gente seguirá escribiendo, porque escribir es una forma de entenderse a uno mismo y de comprender el mundo. Seguirán contándose historias —¿acaso esto que te cuento no lo es?—, pero todo lo que rodea al comercio literario está en riesgo de desaparecer.
»Primero caerán los traductores y los correctores de estilo. Luego, los escritores que se apoyan en estructuras previsibles y plantillas narrativas fácilmente replicables; la IA los superará en eficiencia y efecto. Después vendrán los propios editores: una máquina podrá leer quinientos manuscritos en un minuto y predecir cuál encaja mejor con una línea editorial o tiene más posibilidades comerciales. ¿Será falible? Por supuesto. Pero también lo son los humanos. ¿Y qué pensarán los encargados de tomar las decisiones cuando comparen ese margen de error con el ahorro en tiempo y dinero?
»A partir de ahí, el efecto dominó será difícil de detener y, lo que vendrá después, un salto al vacío. Tal vez veamos una mayor concentración editorial como forma de resistencia. Tal vez los autores se conviertan en marcas, encargados de gestionar directamente a su comunidad de lectores. Tal vez accedamos con naturalidad a narrativas no occidentales, del mismo modo que hoy leemos bestsellers anglosajones. ¿Desaparecerá la crítica literaria, reemplazada por algoritmos que recomienden lecturas según nuestro estado de ánimo o incluso el nivel de glucosa en sangre? ¿Se consolidarán los géneros híbridos? ¿Veremos una explosión de literatura autobiográfica, esa última frontera emocional frente a la que la IA, al menos por ahora, tropieza? ¿La lectura se volverá cada vez más visual, fragmentaria y pasiva?
»No tengo respuestas definitivas, pero sí la certeza de que lo que entendíamos por industria editorial cambiará radicalmente. Y que, como en toda metamorfosis, habrá pérdidas y, quizá, nuevas oportunidades.
***
―Sin duda. Sigamos. La mejor de las vidas es tu segunda
novela, salió en 2016, han pasado nueve años, han pasado nueve siglos, parece
que fue ayer, parece que fue en otro mundo, ¿está cayendo el listón?, ¿está el
lector exigente en peligro de extinción?, «¡Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también!»,
decía Machado, y te pregunto, David, ¿bajamos hoy como siempre o, más que
bajar, caemos con la prisa de lo digital?
―Tu pregunta aborda un tema profundo y ampliamente debatido: la evolución del gusto lector y los estándares culturales, y no creo que exista una respuesta categórica en términos de sí o no.
»Es cierto que, en la actualidad, muchas de las obras más populares no exigen demasiado del lector. Los títulos que encabezan las listas de ventas suelen priorizar tramas simples, emociones inmediatas y un lenguaje accesible. En un entorno dominado por lo digital y la competencia constante de plataformas como TikTok o YouTube, la paciencia para la lectura densa o compleja se ha visto notablemente reducida.
»Sin embargo, también es importante no caer en la idealización del pasado. Nunca hubo una época en la que las masas leyeran a Joyce o a Proust. Siempre han coexistido distintos niveles de lectura. Lo que ha cambiado es la visibilidad de cada uno. Hoy, la lectura ligera goza de mayor exposición mediática gracias al marketing, los algoritmos y las redes sociales.
»Vivimos, además, en un contexto donde la atención y el tiempo libre se han fragmentado. La cultura contemporánea tiende a desconfiar de lo intelectual y a privilegiar lo emocional y lo inmediato. No se trata de un juicio moral, sino de un cambio de paradigma: donde antes había prestigio en leer a Thomas Mann o Sartre, hoy lo hay en quien sintetiza y simplifica.
»Como ocurre con otros productos culturales, la lectura también se ha diversificado. Hay más libros, más formatos y más acceso, pero también más ruido. El lector exigente, hoy, debe ser más intencional, más disciplinado y más curioso para hallar lo que busca, en un panorama donde lo comercial suele imponerse sobre lo literario. No está desapareciendo, pero sí necesita resistir, porque leer con profundidad requiere tiempo, método y contexto. Es un ejercicio que, como el físico, demanda esfuerzo, pero fortalece. Nadie empieza con Dostoievski o Faulkner: se entrena el músculo lector, y cada obra leída abre el camino hacia otras quizá más enriquecedoras.
»Por eso, si un libro es realmente valioso y con el aliento para trascender, terminará —eso creo, eso quiero creer— encontrando a sus lectores.
La mejor de las vidas (2016) es la segunda novela de David de Juan
Marcos, y aunque han pasado nueve años que parecen nueve siglos, sigue tan fresca como el primer día: «La verdad es que no tengo mucho que contarte.
Llegaste tarde. Paseabas con tu bicicleta holandesa a un lado. Tus tacones
golpeaban el suelo como gorriones suicidándose contra la ventana. Me sonreíste
con media boca. No lo olvidaré. En tu boca lo imposible tenía razones para
existir. Agachaste con cierto rubor la cabeza. Tuve el preámbulo de una
lucidez: ya no estaba solo en aquella tierra extraña».
***
―Sigamos. El ladrón de vírgenes es tu tercera obra y también fue acogida con entusiasmo. Sin embargo, algunos lectores (pocos, supongo) echaron de menos la raya de diálogo. Yo la leí hace ya mucho, pero si no recuerdo mal, la novela contiene más elementos innovadores. ¿Te consideras vanguardista? ¿Tratas de reinventarte en cada trabajo? ¿Miras hacia delante, más bien hacia atrás o un poco hacia todos los lados?
―El ladrón de vírgenes es, probablemente, la obra con la que menos me identifico a día de hoy. Incluso he llegado a pensar que no debería haberla publicado, no tanto por un juicio severo sobre su calidad, sino porque con el tiempo la percibo como algo ajeno, como si perteneciera a una etapa o a una voz narrativa que no terminó de cuajar en mí. Curiosamente, para algunos lectores es una de sus favoritas, tal vez por su ritmo más ágil y su estructura próxima a la novela de aventuras. Esa recepción me resulta valiosa y me reconcilia en parte con el libro, pero no modifica la sensación íntima de que esa historia va por un camino distinto al que a mí me interesa como lector y como autor.
»Respecto a la innovación, no me considero un escritor vanguardista. No escribo con la intención de romper con nada ni de imponer una forma nueva de narrar. Mi única preocupación es que cada historia encuentre su manera de ser contada. A veces eso implica experimentar —y fracasar, en muchos casos—, y otras, adoptar sin culpa estructuras clásicas. No busco una coherencia formal entre libros ni una marca de estilo reconocible. Al contrario: cada novela me obliga a empezar de nuevo, a encontrar una voz, un ritmo, un léxico, una arquitectura propia, adecuada a lo que quiere ser y necesita esa historia.
»No miro hacia delante ni hacia atrás de forma programática. Es más bien una cuestión de atención: algunas historias exigen una mirada al pasado, a los modelos que han resistido el tiempo; otras, explorar los márgenes, o lanzarse hacia adelante sin red. Lo importante es que sea la historia la que marque el rumbo. Esa fidelidad me lleva a hacer cosas distintas en cada novela, y también a dudar, a equivocarme, a avanzar lentamente. Quizá por eso tardo tanto en escribir.
Conocí a David en Libros 28. He leído sus cinco novelas. Coincido con él en su apreciación sobre El ladrón de vírgenes. Coincido con él en su visión sobre la Literatura. Conocí a David en 2017, y como dije en algún momento, aunque solo han pasado ocho años, la sensación no es esa, pues siento que ha pasado mucho más tiempo, seguramente porque nuestro universo literario ha menguado, se ha alejado, queda tan lejos aquello que conocimos, y recuerdo que lo presentí, presentí la sombra que se cernía sobre lo literario, sobre nosotros, y ahora, ocho años después, todo es sombra.
La suerte es que lo brillante luce
más en la sombra. La suerte es que los escritores sacan lo mejor de sí mismos
cuando las condiciones son adversas. La
Literatura parece condenada, sí, pero la suerte es que nosotros, como individuos, aún tenemos una
oportunidad.
El diluvio anónimo (citas)
A propósito de
El diluvio anónimo
«Cuando abres
un libro de PL Salvador no sabes lo que te vas a encontrar, el
registro del autor es muy variado y su estilo muy particular, pero tienes una
total garantía de encontrarte una obra de calidad que te hará pensar a la vez
que te entretienes».
Maite Gil
«He llorado con
y sin lágrimas, de emoción principalmente, porque no es una novela romántica,
pero sí está impregnada, a mi entender, de la esencia del romanticismo de
Bécquer».
Dolors Polonio
«Un escritor
que no busca la fama, ni el número de ventas, busca su placer literario y el
placer del lector».
Raquel González
«No debe ser fácil encontrar esa forma de narrar en la que no sobre ni falte, en la que moldear la escritura para conseguir que el lector quede atrapado hasta el final».
La Isla de las Mil Palabras
«Una historia, compleja como todas
sus obras, reflexiva, intensa y con una estructura original».
El Txoco de Iñaki
«Como toda obra de PL Salvador, ésta posee una gran cantidad de reflexiones que hace que el lector se sumerja en ellas para intentar conocer mejor su propia vida (y mejorarla)».
Las lecturas de Óscar
«Si
me preguntas de qué va, te diré que es una novela gótica, sentimental,
futurista, histórica, por calificarla de alguna manera. Ya sé que no te
soluciono nada, por eso lo único que puedo decirte es que la leas».
La senyoreta Buncle
«El estilo es muy especial; frases cortas, párrafos en apariencia sencillos, pero con pensamientos demoledores por lo que transmiten. Es la primera vez que uso banderitas para leer un libro y el lomo se ha convertido en una convención de la ONU con tantas marcas».
Libris: retos y lecturas
«Hay muchas frases que piden
dos lecturas y un poco de reflexión. Salvador domina la
escritura, qué duda cabe. Cuando lees sus libros te das cuenta de que estás
leyendo algo bueno, algo bien escrito (y bien corregido, por cierto). Y, sin
embargo, también estás leyendo algo entretenido, fácil de leer, ameno».
Libros que hay que leer
«He encontrado la prosa de P. L. Salvador más
precisa y cuidada que nunca, cual orfebre de la palabra. Más filosófica y
reflexiva (aunque esto ha sido siempre) y más original que nunca. He
disfrutado de las técnicas literarias con las que nos ha brindado».
1000 y un libros y reseñas
«Una novela
sobresaliente que desafía convenciones, traspasa géneros y ofrece una
experiencia única y enriquecedora a los lectores inquietos que entienden que la literatura ha de continuar
su evolución, y ayudarnos con la nuestra».
El Yunque de Hefesto
«PL
Salvador se consagra como uno de los mejores escritores actuales con una
creación novedosa, aunque sin dejar de ser fiel a sus constantes».
El Blog Aurisecular
Puedes encontrar los enlaces a estas reseñas en la pestaña de
El diluvio anónimo.
El diluvio anónimo (fragmento)
Arribar a Barcelona, ir a la editorial y conseguir
el teléfono del agente de Zora es todo uno. Visto y no visto. Como relámpagos,
vamos, cuando salimos del aeropuerto. Mat se ríe. Coger un taxi, darle la
dirección, apearnos al cabo de media hora y asaltar el edificio. Para describir
nuestro sentir, baste decir que rebosamos euforia. A ver quién nos detiene
ahora, dice nuestro decidido talante.
¿Las señas de Zora Nerva?
Sí, un momento.
Y al segundo:
Tengo el teléfono de su agente.
Ya en el hotel, refrescarnos un
poco y marcar el número. Tardan en contestar. Mira que si ahora no lo cogen,
susurra para sí mi hermano. Nosotros, los Munt, que siempre nos hemos
caracterizado por nuestra flema, temblamos ahora ante la posibilidad de que el
sueño que estamos acariciando se nos escape de entre las manos como agua de
lluvia. Tememos que, después de todo, ella sea tan normal como los demás y que, al final, todo acabe con un despertar
a la cotidiana realidad. Nos preocupa, en una palabra, perder la esperanza, la
fe. Y que papá siga solo.
El diluvio anónimo (lectura de Dolors Polonio)
El
diluvio anónimo es la
primera novela (y no será la última) que leo de PL Salvador.
Leí las primeras páginas y ya noté una
vibración, una energía que se introdujo en mi interior. Necesitaba saborear las
frases, degustar las palabras y la manera en que las conectaba el autor. Leer El diluvio anónimo para mí ha sido
sentir el acompañamiento de fondo de una melodía, una prosa poética donde la
armonía y la delicadeza han estado presentes en toda la lectura.
¿Qué tipo de novela es? No lo sé. A
veces rozamos la obsesión ante la necesidad de clasificar todo lo que tenemos
delante. Evidentemente es narrativa, y presenta matices o elementos no sé si
llamarlos de ciencia ficción o en la frontera de la "normalidad" pero
es tan, tan real que lo imaginas como posible si permites que tu parte racional
sueñe.
Está bañada de crítica implícita y
explícita hacia nuestra sociedad, es como una llamada o una búsqueda de la
inspiración en una futura evolución hacia una Humanidad más humana. ¿Es eso una
utopía? Yo creo que no, pero tenemos que decidir caminar hacia ella sin miedo
ni prejuicios.
Es un libro que incluye otros libros.
Hay una historia principal que nos presenta la vida de Zora, una chica que toma
consciencia de su especial "aptitud" y que mantiene su premisa de que hay
alguien en la Tierra que es como ella y, por tanto, lo ha de encontrar.
Cada capítulo representa una etapa o
edad de la protagonista y entre ellos el autor introduce relatos que en sí
mismos podrían ser libros conclusivos pero que están conectados con la trama
principal.
No quiero revelar más de la historia, es
que creo que no os puedo robar el placer de leerla casi a ciegas.
Ha habido momentos que mi espiral
interior se expandía de tal manera que me oprimía la caja torácica y ...
buff... tenía que cerrar los ojos y respirar profundamente. He llorado con y
sin lágrimas, de emoción principalmente, porque no es una novela romántica,
pero si está impregnada, a mi entender, de la esencia del Romanticismo de
Bécquer.
Leer esta novela es estar dispuesto a
que su energía conquiste tu interior, a dejarse llevar, a sorprenderte con
momentos que pasan de la realidad cotidiana a una presencia fantástica incluso
diría futurista o espacial, y a seguir leyendo como si fuera lo más normal y
coherente del mundo. Porque ese, para mí es otro de los dones de PL. Salvador,
la capacidad de normalizar un texto que a manos de otros podría valorarse como
extravagante (deliciosamente diferente).
Leed este libro, por favor, pero
resiguiendo el trazado de cada una de las letras con la mirada. Entonces,
posiblemente podáis entender la conexión que noto tan sólo con observar la
portada y que no sé si he sido capaz de expresar en palabras.
Mil pasos (la película)
Largometraje rodado entre amigos (74 minutos)
Recomendamos verlo en la televisión
Verano de 2023
8 de julio de 2023
Ahora estoy revisando El diluvio anónimo. Mi intención es publicarla en 2024, pero tengo otras obras inéditas y será el destino quien decida. Las editoriales gordas siguen ninguneándome. En un mercado donde lo que interesa es la cuenta de resultados, es consecuente porque no soy un superventas.
Las editoriales (gordas y flacas) han de batallar hoy con un público lector que no entiende de sutilezas, un buen libro no es garantía de nada mientras que un autor mediático lo garantiza todo. Se acabó el romanticismo, o no, quién sabe, ¿alguien sabe algo en estos días?
Nocturno de Calpe (Aurisecular)
Puede que PL Salvador
constituya una isla dentro del panorama literario pero no cabe duda de que Nocturno de Calpe es un archipiélago de cuatro novelas que
tienen un origen común, la actitud del autor. Esto puede llevarnos a pensar qué
es real y qué ficticio. Es lo de menos. El autor es capaz de reinscribir una
idea en su memoria para, de forma metonímica, mostrar lo universal en la
individualidad del personaje que habla; su fragilidad es la de todos.
Este es el origen. La actitud de
PL Salvador en Nocturno de Calpe, la de Salvador en Quince mil, la de Gapp en A solas con Nastunye, la del protagonista innombrable de Lo inasible son las que el autor mantiene durante más de 60 años en
su vida: el aprendizaje, la búsqueda de la felicidad a través de un trabajo que
satisfaga y de un amor que nos complete. Esta es la magia. Podemos leer
diferentes novelas del autor y adivinaremos que es él quien está detrás, y lo
adivinaremos libre para continuar escribiendo en su tabula rasa y para hacer tabula rasa en la vida y seguir adelante.
En la tetralogía, Salvador
interioriza el proceso de escritura; parte de un detalle real para abrir un
mundo ficcional en el que aparecen sus limitaciones y en el que desaparecen los
convencionalismos literarios, de esta forma el personaje habla con un autor que
es, a la vez, personaje; asimismo, al mismo tiempo que los elementos
narrativos, se transgreden los signos ortográficos, con lo que el lenguaje se
desestabiliza. Es la rúbrica de Salvador con la que se autoconoce en su proceso
de escritura. Lo interesante es que también los lectores conectamos con
nosotros mismos durante la lectura.












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