LAS CONFESIONES DE UN BIBLIÓFAGO (JORGE ORDAZ)


Nos cuenta nuestro bibliófago particular, refiriéndose a las polillas papeleras y otros bichejos devoradores de libros, que «su número parece haber decrecido sensiblemente en los últimos años», y se pregunta si no será porque «no han tenido aún tiempo de acostumbrarse a los nuevos sabores espúreos».

Esto de arriba en cuanto al continente literario. Pero nuestro ya querido narrador también nos habla del contenido, parte que le corresponde al autor, y nos recuerda «aquello que viene en El Quijote tocante al escritor que sólo mira el interés y el dinero, “porque no hará sino harbar, harbar como sastre en vísperas de Pascua”».

La pregunta que me hago es: si la decadencia libresca empezó hace tanto, ¿qué se edita ahora y cómo? Mientras pienso en ello, contemplo mi modesta biblioteca con severidad. Si ―por un motivo u otro― un ejemplar no resulta apetecible, mejor arrojarlo ―fragmentado― al contenedor de papel (no vaya a caer en manos incautas).

Hablando de manos, no es casualidad que estas exquisitas Confesiones nos lleguen de la experta mano (más artística que libreril) de Pez de Plata, editorial aún bibliófila (rara avis) que disfruta editando bien-bien tanto por dentro como por fuera. El día que funde mi propio Book-eater’s Club, estas confesiones constituirán el plato fuerte de la cena inaugural.


Cuando empecé estas Confesiones, esperaba encontrarme con un Confeso apasionado, hedonista y algo licencioso. Pero no. Aunque de alguna manera él asegura que de joven «tenía las dosis suficientes de fervor y apasionamiento», estoy convencido de que su bibliofagia siempre fue pura, intachable, perfecta: una entrañable historia de amor al viejo estilo.   

3 comentarios:

  1. He leído este post unas cuantas veces. Y me ha conducido a pensar. Mucho. Lo malo es que mi cabeza ha tomado senderos inadecuados (oh, qué novedad...). De repente me he encontrado preguntándome cuál es el mejor destino final para ese libro que no apetecible. No. Realmente no es eso lo que me pregunto, ni lo que me preocupa. Lo que me preocupa es qué sentiría el autor de ese libro no apetecible ante esos posibles destinos. Y poniéndome en una supuesta piel de artista, ninguno de los posibles destinos me consuela. A ningún padre le gusta que sus hijos sean rechazados. Todo alumbramiento es doloroso. Y aunque el hijo salga feo, no deja de ser tu hijo… Hem… Los libros deberían ser como los hijos: no se admiten devoluciones. Sí. Esto es un sinsentido. O no. O sólo en parte (Ya me conoces…)

    Abrazotes

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    1. Si se hace con amor y sale feo, no pasa nada. Pero tengo algunos títulos que fueron paridos feos a propósito. Porque en este mundillo libresco lo feo se vende bien. Lo peor del asunto es que algunos los compré yo, aunque la mayor parte de las veces por compromiso. El último fue el "Orfanato de Heskinn" (Editorial Amarante): después de leer la primera página, rechacé la propuesta que me habían hecho. Sí, lo compré para ver qué editaban: ya lo he visto y jamás publicaré con ellos. y con esta Editorial ya van seis este año. De rechazado he pasado a rechazador.

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  2. En mi dispersa euforia mental se me pasó por alto el hecho constatado de que son pocas las editoriales que “alumbran” por amor. Para ello tendrían que ser escrupulosas en su elección y coherentes en con sus principios (quizás lo sean, solo que sus principios no coinciden con los de algunos –sensatos aunque a contracorriente- Románticos…).
    Me reconforta tu actitud rechazadora. Puede parecer Quijotesta. Y coherente. Y de saber hacia dónde no se quiere ir que, en mi humilde opinión, es una de las mejores maneras de hacer -incluso de encontrar- el Camino correcto. Y tan a gustito que nos quedamos. Como decía mi profe de gimnasia, que seas tú quien pases por la vida y no la vida por ti… o como dirías tú mismo, ya que de todas maneras tendremos que morir, “morir con las botas puestas”…

    Abrazotes (voy a mi café de media mañana…)

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