Donde la brisa te habla

(Así comienza la novela. Esta obra se publicó en 1999. De una tirada de 2.000 ejemplares, quedan 90. Para la segunda edición: llevaré a cabo las pertinentes correcciones).

Viernes, 7 de junio de 1996

A lo largo de la noche había lloviznado con insistencia y el jardín amaneció pletórico. Los pájaros festejaban el desacostumbrado frescor mañanero revoloteando entre las plantas y picoteando el suelo en busca de algún bocado. Observé el espectáculo desde la ventana durante unos minutos y a continuación salí al exterior. La tierra olía fuerte. Me quedé allí plantado respirando profundamente, ensimismado hasta los tuétanos con tan radiante mañana.
Después de un periodo de tiempo indeterminado y valiéndome de un largo bostezo, logré escapar de dicha abstracción y, tras frotarme la cara con las manos, entré en casa. Vera estaba desayunando. Había puesto música: The very thought of you, de Natalie Cole. Me saludó con un guiño y una sonrisa.
—No he dormido bien —dijo, al tiempo que se llevaba una humeante taza de café a los labios—. Estoy nerviosa. Quizá porque la venta está muy floja estas últimas semanas.
Sentándome frente a ella, llené mi tazón de café con leche y cogí una porción de bizcocho.
—No hay ningún problema —repliqué—: mucho tendrían que bajar las ventas y durante mucho tiempo, para que te vieses en apuros.
Una Vera inexpresiva me miró con blanda insistencia.
—Incluso con la mitad de lo que ganamos actualmente podríamos apañarnos —añadí—. ¿Cierto?   
—Bueno... —empezó a decir.
—Pero eso no va a ocurrir —apuntillé—: es sólo una mala racha.
—Ya —me dedicó un gracioso mohín.                     
Cogió una galleta y se levantó. Retiró su servicio de café y lo dejó en el fregadero.
—Así comenzó la decadencia del Imperio Romano —vaticinó mientras pasaba por detrás de mí.    
Se situó frente a la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho. Aún con la boca llena, me coloque a su espalda, tragué el bizcocho y, apoyando mis manos en sus caderas, la besé con suavidad en la nuca.
—Estudiaremos el tema con detenimiento —le susurre al oído.
—Bonita mañana —observó ella en un suspiro. Luego dio media vuelta y me regaló un beso fugaz, apasionado y perfecto—. Hay que vestirse.
—Sí —respondí, y la vi dirigirse al dormitorio decididamente.
Cuando la dejé en nuestra zapatería de Cullera, ya eran casi las diez. Sin demora, enfilé hacia la autopista que me llevaría a Valencia en veinte minutos. Acudía a la ciudad por negocios y a recoger los resultados de un seminograma que me había hecho el mes anterior. Introduje una cinta en el radiocasete: la entrañable voz de Nino Bravo me acompañó desde las tranquilas riberas del Jucar hasta la autovía de entrada a la metrópolis, con sus tres carriles atestados de vehículos. Este duro contraste siempre me dejaba obnubilado, y ni siquiera le di la vuelta a la cinta cuando ésta llegó al final.
En la siguiente escena, me deslizaba al interior de la urbe casi sin darme cuenta y era absorbido de forma instantánea por la densa masa de automóviles. En el primer semáforo en el que me detuve, una gitana de deplorable aspecto se apresuró a limpiarme el parabrisas antes de que pudiera protestar. Como es habitual, no le dio tiempo y lo dejó peor de lo que estaba. Aun así, bajé la ventanilla y le deposité en la mano unas cincuenta pesetas en calderilla.
—Adiós —le dije con hosquedad.
Doscientos metros más allá, me vi obligado a detenerme por otro disco rojo, justo a la altura de la fuente llamada “Pantera Rosa”. Esta vez eran pañuelos, y el periódico “La Farola”. Subí el volumen del estéreo tratando de aislarme de tanta miseria, y, cuando los pedigüeños llegaron a mi altura, negué con la cabeza mientras me mostraban su género. Resoplé aliviado al salir de aquella deprimente zona.
Despaché los encargos que Vera había anotado meticulosamente en mi agenda con asombrosa celeridad. Luego, aprovechando mi incursión al centro de la ciudad, compré una partitura para mi esposa y engullí un emparedado de jamón y queso y una cerveza en el bar “Sena”. Acabé a eso de las doce y, antes de continuar mis labores, me concedí un descanso de diez minutos: el tiempo justo para tomar un café y fumé un cigarrillo con gran calma.
A la una llegué a las inmediaciones del ambulatorio donde debía recoger el resultado del seminograma. Como no conocía ningún aparcamiento público en los alrededores, opté por armarme de paciencia y buscar un hueco en la zona azul. Al comenzar mi tercera ronda a la gran manzana de edificios, decidí que, si en esa vuelta no conseguía un sitio, probaría más lejos. Esto me incomodaba, porque después tendría que andar un buen trecho y no quería llegar tarde a mi cita con el médico. Y puesto que tenía hora a la una y cuarto, difícil me sería ser puntual si aparcaba donde Cristo dio las tres voces.
La circulación era lenta, exasperante, y el sol abrasaba como si fuera agosto. Yo iba cómodamente instalado en mi BMW, escuchando la radio y con el aire acondicionado a media potencia, pero la mayoría de los conductores estaban acalorados y nerviosos; y su irritación aumentaba proporcionalmente a la secreción de sus glándulas sudoríparas. Al doblar una esquina y entrar en una calle de un solo carril, miré por el espejo retrovisor: los dos coches que me seguían estaban también intentando estacionar.
—¡Joder! —murmuré, desalentado.
Y en ese momento la vi: una plaza libre. Estaba delante de mí, aproximadamente a unos quince metros a la izquierda; era zona azul, en batería. Sólo una furgoneta que iba delante podía quitármela; golpeé el volante con rabia cuando puso el intermitente.
—¡Será posible! —exclamé.
Puse el auto en punto muerto y encendí un cigarrillo. Apagué la radio, bajé la ventanilla y asomé la cabeza para enterarme del motivo por el cual la furgoneta no aparcaba de una maldita vez. La razón era obvia: una mujer estaba plantada justo en medio del anhelado hueco.
—... está ocupado —alcancé a oír que decía.
—Señora —contestó el otro, sacando un brazo por la ventanilla—, esto no es lícito. Haga el favor de apartarse.
—Yo no me muevo de aquí hasta que no llegue mi marido. —La mujer era pequeña, pero no carecía de coraje—. Este sitio lo he visto yo primero.
El conductor del vehículo comercial sacó medio cuerpo por la ventanilla.
—Mire —dijo alzando la voz—, usted haga lo que quiera, pero yo voy a aparcar.
Avanzó un par de metros con cuidado, justo hasta que la Nissan entró en contacto con la dama. Ésta se cruzó de brazos para quedarse mirando desafiante a su encarnizado enemigo.
—¡Leche! —grité, al quemarme los dedos con el cigarrillo.
Recogiéndolo del suelo, lo aplasté contra el cenicero a toda prisa. Cuando volví a fijar la atención en el extraño suceso que se desarrollaba ante mí, el individuo que defendía su derecho a estacionar ya estaba fuera de la cabina.
—Señora —dijo, acercándose a ella con fingida parsimonia—, ¿quiere hacer el favor de apartarse?
Un conductor impaciente hizo sonar el claxon.
—¡Mire el lío que está formando! —la mujer señaló la cola, que aumentaba por momentos de forma dramática.
—¡Maldita sea! —resopló el hombre. Luego pateó el suelo con fuerza, apretó los puños e hizo unos extraños movimientos destinados sin duda a apaciguar sus instintos más primitivos—. Si no fuera usted una mujer...
Ella seguía con el hombro pegado a la furgoneta, mirándole con desprecio. Varios coches comenzaron a pitar con determinación. Bajé del auto y me planté ante la pareja en dos zancadas.
—Escuchen: está claro que ninguno de ustedes va a ceder —afirmé—, y esta situación se está haciendo insostenible.
—¡Qué venga la policía! —la mujer esbozó una fea mueca burlona.
—A ésta le doy un empujón que...
Sujeté al hombre por el brazo.
—No sea loco —le dije en voz baja.
Los pitidos se sucedían ya sin pausa. Un par de hombres se habían apeado de sus vehículos y nos miraban desde unos metros, indecisos sobre si intervenir o no.
—La única solución —sugerí— es que se lo jueguen a cara o cruz.
Me miraron estupefactos.
—¿Qué?
—¿Está estropeada la furgoneta? —preguntó a gritos un individuo.
—¡No! —contestó ella a pleno pulmón.
—¿Qué pasa? —vociferó otro.
—¡Éste tiene la culpa! —berreó la buena señora, haciendo alarde de su excelente educación.
Comprendí que la mujer pretendía ganarse la simpatía de los automovilistas, sobre todo de aquellos que eran tan vulgares y chillones como ella misma. Sentí deseos de apartarla de allí de un empellón, pero me contuve.
—¿A cara o cruz? —les miré inquisitivamente.
El hombre apretó las mandíbulas y movió la cabeza.
—De acuerdo —accedió, no muy convencido—, si ésta acepta...
Durante un segundo reina el silencio.
—Yo llegué... —empieza a decir ella, pero los estridentes pitidos la interrumpen.
Vuelvo la cabeza y veo que tres hombres se acercan con aspecto de solucionar el problema a su manera. La mujer también les ve.
—Bien —responde al fin—, tire la moneda.
La dama elige cara. Lanzo una pieza de cien pesetas al aire y sale cara. No hay más palabras. Giro sobre mis talones y me encamino hacia el coche.
—Todo arreglado —comunico a los tres individuos, que ya llegan al lugar de los hechos. Éstos, tras unos segundos de vacilación, se retiran al ver que, efectivamente, la furgoneta se pone en marcha.
Arranco el motor. Ya estoy en movimiento cuando un tipo cruza por delante de mi automóvil y, dirigiéndose a la mujer, le hace un ademán indicándole que le siga.
—¡Vamos! —ordena al ver que ésta titubea.
—¿Y el coche? —inquiere ella.
Me detengo un momento.
—Había sitio en la misma entrada —explica él, cogiéndola por el brazo.
La señora cruza una tímida mirada conmigo. Luego, en un instante, desaparecen. Miro el hueco. La furgoneta se aleja cansina, sin ganas. El chófer que está justo detrás de mí toca el claxon. En un segundo le acompañan varios más.
¡Collóns![1] —gruño, e introduzco ágilmente el BMW en la disputada plaza.
Salgo del coche y, mientras cierro la puerta, dirijo la vista hacia el principio de la calle. El conductor de la furgoneta está parado ante el semáforo: tiene la puerta abierta y, en una postura inverosímil, se apoya en ella para ganar altura. Nuestros ojos se funden en una línea perfecta.
—Lo siento —me disculpo, aunque sé que no puede oírme.
Él sigue estático, mirándome con una expresión que denota tanto furor como incredulidad. Cuando el disco cambia a verde, se ve obligado a marcharse.
—Bueno —digo, alzando las manos, y seguidamente gano la acera para alejarme de allí con paso firme.





[1] Valenciano: ¡cojones!

1 comentario:

  1. Estoy corrigiendo esta obra. Ya voy por la segunda vuelta (de tres). Como se está agotando la primera edición... Unos setenta ejemplares (quedan). Y, sinceramente, estoy escandalizado: porque es mucho lo que estoy corrigiendo. Pero la novela quedará igual. Es posible que un lector inocente no note la diferencia, o no todo lo que debería notarla; así que la corrijo para mí y para los futuros lectores exigentes. Sí, me ha gustado.

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