El séptimo sentido



(Así comienza un volumen de relatos que se publicó en 2000. De una tirada de 2.500 ejemplares, quedan 400. Para la segunda edición: llevaré a cabo las pertinentes correcciones).

I   A mediados de enero

Llovía a mares. La mujer corrió hasta la puerta huyendo del diluvio y perdió el equilibrio cuando ésta se abrió; el hombre advirtió que se le venía encima y estiró el brazo —en vano— para salvar el tazón de café con leche que se acababa de preparar. Fue como si todo sucediese a cámara lenta: la previsible y aparatosa caída, el obligado cruce de miradas —inevitable al estar frente a frente— y el formidable batacazo contra el parqué. Al quedar sobre él —los rostros a escasos centímetros—, no pudo evitar echarse a reír ante tan embarazosa situación.
—Ya veo que no se ha lastimado.
—Disculpe —se puso en pie trabajosamente.
—¿Siempre entra así en las casas?
—Sólo cuando llueve —trató infructuosamente de dominar sus músculos faciales; la serena actitud del hombre le provocaba hilaridad.
Él se sacudió la ropa y miró en derredor calculando los daños que el naufragio de su café con leche había ocasionado.
—La creo. Está empapada.
—Olvidé el paraguas. Y menos mal que dejó abierta la puerta exterior...
—La acompañaré al cuarto de baño para que pueda secarse.
—Gracias. Soy Lucía Romero.
—No me diga —se volvió y la observó con disgusto.
Ella alzó las cejas.
—¿Quién pensaba que era?
—No sé... Un regalo del cielo, una ninfa surgida de la lluvia...
Lucía ladeó la cabeza y sonrió artificialmente.
—¿Aún cree en esas cosas?
—¿Duda acaso de mi imaginación?
La mujer estudió las facciones del hombre.
—¿Estaría aquí «acaso»?
Francisco se detuvo ante una puerta y la abrió.
—Séquese, por favor. Y póngase esa camisa que hay en la percha; está limpia.
El baño estaba muy limpio y escrupulosamente ordenado, como si nadie lo utizara. Olía a romero; en un estilizado florero había una ramita. Y disponía de hilo musical: una delicia de retrete.
Salió totalmente seca y recompuesta. Se internó en el ancho pasillo un tanto dubitativa, pues la casa era antigua, grande y complicada. Sin embargo, su intuición la llevó por el buen camino. Francisco la esperaba en un acogedor y rústico salón, instalado confortablemente en un sólido sillón de cuero que debía ser —por lo desgastado que estaba— su asiento predilecto.
—Lamento haberle tirado... —señaló el humeante tazón.
—No importa —la miró cuan larga era—. ¿Le apetece un café, o uno de éstos? —Dio un sorbo—. A estas horas suelo tomarlo con leche, y en gran cantidad como puede apreciar.
—Quizá más tarde. —Se acomodó frente a él y cruzó las piernas—. Como le dije por teléfono, necesito un cuento para cada noche, aunque sea corto.
—Por mí no hay problema, puedo hacerlo: sólo dígame el número de palabras y el tema.
—No, no, no —le frenó con la palma de la mano. Deshizo en un segundo la cara de asco que había puesto y sonrió de forma tan amplia que sus orejas se movieron hacia atrás—: sorpréndame —añadió satisfecha, como si hubiese dicho algo genial.
Francisco le tendió un manuscrito.
—Sorpresa —dijo sin ningún entusiasmo. Se levantó—. La dejo para que pueda leerlo con tranquilidad. Si necesita algo, llámeme, estaré aquí al lado. Y por cierto, le sienta muy bien mi camisa.
—Sí, aunque es un poco larga. ¿Puedo fumar?
—Claro.
Lucía prendió un cigarrillo mientras contemplaba cómo el escritor abandonaba la estancia. Extrajo las gafas del bolso, se arrellanó en el sillón y dirigió la vista hacia el original:


El sueño de Luis Ramírez

El patio estaba vacío y silencioso cuando el anciano entró en él. Cada día a la misma hora, justo antes del recreo, llegaba con paso reposado y tomaba asiento de cara al sol. Sus diminutos ojos, estrechas rendijas forjadas al calor de un millón de días soleados, escudriñaron la desierta explanada. La conocía desde niño. En ella jugó él, y sus hijos y nietos, pero desnuda, como ahora lo estaba...: sólo haciendo novillos era posible verla así.
Sacó un pitillo y, pasándoselo por las narices, aspiró su aroma. Bajo los pinos del enorme patio había pegado sus primeras caladas prohibidas.
«¡Qué tiempos!»
Ahora era el médico quien le prohibía fumar. Al prender el tabaco sintió una sensación similar a la que experimentara de chico. De repente, una sirena acalló el trino de los pájaros; era la hora. Un millar de chavales llenó el campo de fútbol (que a fin de cuentas era en lo que se había convertido el patio) y comenzaron a disputarse dieciocho partidos en la misma parcela, con cien equipajes distintos y mil árbitros. Increíblemente se entendían; increíblemente, así había venido ocurriendo década tras década.
Dos chiquillos pasaron junto a Luis Ramírez, que tal era el nombre del anciano, y pudo percibir el fuerte olor del chorizo.
«¡Qué estómago!»
De esos manjares, únicamente el aroma podía degustar; el deteriorado envoltorio de carne que arropaba su alma no admitía más.
«¡Si volviera a ser un chaval!...», pensó examinándose las manos.
Una repentina y fugaz racha de aire frío le sacudió. Se estremeció sobre el gastado banco de madera, aturdido. Sólo se dio cuenta de que sus huesudas rodillas estaban al aire cuando tres rapaces se acercaron a él y le preguntaron:
—¿Eres nuevo?
Abrió la boca. Se miró los pies y después la ropa; reconoció los pantalones cortos y la camisa a cuadros: las prendas favoritas de su niñez. Y los zapatos cobrizos, claro.
—Sí.
—¿Juegas? —El chiquillo sostenía en vilo una pelota del tamaño de un pomelo grande—. Dos contra dos —apuntó con la barbilla a sus compañeros—. Las porterías son esas puertas de ahí —señaló con el dedo la entrada de las aulas bajo la arcada.
—Vale.
Dejando postrados en el banco sus setenta y tantos años, olvidando en un segundo, premeditadamente, el puñado de achaques, las incontables cicatrices del cuerpo y la mente, corrió ligero tras sus nuevos amiguetes en busca de la ansiada juventud.
Era, con notable diferencia, el mejor jugador de los cuatro. De forma inconsciente, su sabiduría de viejo le aconsejaba sobre la marcha la estrategia a seguir y, los regates, los pases, los tiros a puerta..., eran magistrales teniendo en cuenta la corta edad del rapazuelo.
Maravillados pues quedaron los otros. Y desencantados, cuando a mitad del encuentro, sin previo aviso, Luis les anunció que, debido a un fuerte dolor en el tobillo, no podía seguir jugando. Se alejó cojeando del improvisado terreno de juego camino de su banco favorito.
Pero el verdadero motivo de su abandono era el aburrimiento. El juego, tras unos breves minutos, había dejado de interesarle; todo aquello que aderezaba el partido, aquello que, si de verdad hubiera sido un niño, habría formado parte de él, le resultaba chocante y ajeno: los infantiles comentarios, las imprecaciones tras una brusca entrada, los aplausos... y el sentimiento de gloria al realizar una soberbia jugada.
«Soy un niño con alma de viejo», se dijo.
Sentóse en el banco a reflexionar sobre su situación. Sin duda tenía al alcance de su mano todo aquello que siempre soñó: una carrera y un futuro brillante, una gran casa con un hermoso jardín, la posibilidad de viajar...
—Es mi oportunidad —susurró. Levantó la vista y el avispero de niñez que zumbaba a su alrededor le desasosegó—. Pero... ¡Dios mío! ¿A qué conduce todo esto? —Apenas si lograba escuchar su atiplada voz en medio del griterío—. ¿Acaso el final va a ser distinto?...
Bajó la cabeza apesadumbrado al comprender súbitamente que no tenía fuerzas para comenzar de nuevo. Lánguidas lágrimas se deslizaron por sus mejillas y, la angustia que le produjo la sola idea de afrontar una segunda existencia, le aguijoneó la totalidad de su ser tal cual si diez mil voraces hormigas rojas se cebasen en él.
—¡Si volviese a ser viejo!... —deseó con fuerza, alzando ligeramente la voz.
La sirena sonó larga, exasperantemente larga. Como atraída por un imán, la chiquillería desapareció tragada por el compacto edificio. El patio quedó, una vez más, en silencio, vacío. En la cabeza de Luis aún resonaba el agudo estruendo que durante media hora llenara el colegio.
Los gorriones se lanzaron al suelo en busca de las migajas. Luis descubrió un trozo de pan que algún chaval había tirado y alargó el brazo para cogerlo. Se percató entonces de que su mano curtida y arrugada era la misma de siempre, la del viejo Luis. Sonrió feliz. Rompió el mendrugo en pequeños trozos y dio de comer a los pájaros.
Sacó un cigarrillo y lo encendió. Aspiró el humo con placer. Al otro lado del patio, bajo los más frondosos pinos, dos zagales hacían lo propio a escondidas. El anciano contempló la escena con vívida nostalgia. El sol le estaba calentando los huesos y podía, más que recordar, revivir aquellos lejanos momentos. Cerró los ojos y notó el familiar calor en los párpados.
—Luis, ¡pásalo! —oyó claramente que le decía Enrique, su inseparable amigo de adolescencia—. ¿No me has oído? ¡Te lo estás fumando tú todo! ¡Pásamelo!
Dejó el pitillo sobre el banco, pero no abrió los ojos. Si Enrique estaba allí, ya lo cogería. Pero abrir los ojos..., nunca. Porque de hacerlo descubriría que su amigo estaba a su lado, y la pesadilla volvería a comenzar..., o que no estaba, y el sueño moriría.



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