Egregios

(Inicio de la novela corta que ganó el I certamen Literario Imprimátur. No sé cuántos ejemplares quedan, pero la Fundación tuvo la amabilidad de regalarme varias cajas y todavía tengo existencias).

PRIMERA PARTE
Miércoles

El masajista amasaba las carnes de Elisenda con determinación. Sus expertas manos recorrían la blanca espalda parándose ora aquí, ora allá, presionando, frotando, distendiendo todo aquello que notaban tenso, tirante. Puso especial énfasis en el cuello, pues la mujer le había dicho que su visita obedecía a unos fuertes dolores de cabeza que venía padeciendo de unos meses a esa parte, unas jaquecas que invariablemente instauraban su hipocentro en la nuca. 
—Mañana el dolor perderá intensidad y se irá expandiendo por el cuello y la cabeza —le dijo una vez que hubo acabado—. Se sentirá rara, pero no se alarme. Pasado mañana comenzará a remitir y a lo largo del fin de semana desaparecerá. Lo único que debe hacer es procurar no acelerarse. En pocas palabras: tómese las cosas con calma.
—Lo dice usted con tanta convicción que se me hace difícil dudar de su palabra, y eso que ya me han tratado todo tipo de especialistas... Sin éxito, se entiende. —Marcó una pausa y aclaró—: Los calmantes sí funcionan, claro está, pero éstos, en vez de solucionar el problema, lo esconden.
—Efectivamente. Bien, puede vestirse.
Elisenda esperó a que el masajista saliera del gabinete. Una vez a solas, bajó de la camilla y se miró en el espejo. «Estás horrible, hija, gorda, y fofa como una vieja. Solo te faltaban esas bragas de monja... Has querido parecer recatada y... ¡desde luego que lo has conseguido! Vaya facha...» Se vistió con cierta prisa y volvió a examinarse. «Ves, así estás mejor, con todas las flacideces tapaditas —pensó mientras se arreglaba el cabello—: al aire, únicamente manos y rostro, las partes nobles...»
Encontró a Adriano en el vestíbulo, hablando con una elegante mujer de mediana edad que presentaba un aspecto similar al suyo. «De mi quinta y de mi posición», y le reconfortó la idea de que el masajista en cuestión tuviese más pacientes de su condición. Más que nada por aquello de la confianza: si otras como ella acudían a él regularmente, sería por algo. Y, por la forma en que se trataban, quedaba claro que se conocían bien.
—Ah, Elisenda —dijo él en cuanto la vio—, enseguida estoy con usted.
Acompañó a la paciente hasta la puerta del segundo gabinete y volvió con Elisenda. Ésta le aguardaba en pie, porte regio, rostro impasible y mirar distante. Que no se fuera a creer que ya se la había ganado... Arrugó la frente imperceptiblemente: empezaba a notar una extraña sensación en la cabeza que no acertaba a clasificar. «Qué sugestionable eres, Lisi.»
—La veo muy aliviada. ¿Le ha resultado agradable el masaje?
—En general, sí. ¿Qué le debo?
—Veinticinco euros.
Pagó y se fue. Ya en la intimidad del coche, se arrepintió de haberse conducido tan displicentemente. A fin de cuentas el hombre había desarrollado su trabajo con gran interés. Pero tampoco eso justificaba que se perdiesen las distancias. Y las familiaridades entre extraños resultan tan vulgares... «Bueno, si vuelvo, procuraré ser más... afectuosa.» Sonrió para sí: por alguna ignota razón, se sentía relajada y feliz.

***

Cuando llegó a casa, Alma estaba en el jardín, leyendo. Se acercó a la chica y tomó asiento frente a ella, en un banco de madera que recientemente había sido puesto allí para ese menester. Alma tenía un trono propio e intransferible, una silla de ruedas que no iba bien con ninguno de sus vestidos. Levantó la cabeza y el cálido verde de sus ojos destacó entre los fríos bronces de su piel. 
—¿Cómo te ha ido?
—Pues... todavía no lo sé. —Se pasó la mano por la nuca—. El masajista me ha dicho que para el domingo estaré bien.
—Eso es estupendo.
—Sí, si se cumple...
—Mujer de poca fe...
—Y tú, ¿cómo estás?
—Un momento, no cambies de tercio. ¿Qué impresión te ha causado?
Elisenda vaciló. Se rascó la mejilla. Inspiró profundamente. Carraspeó.
—Iré a por un vaso —dijo, señalando la jarra de limonada.
—Espera, le diré a Valeria que te lo traiga —y, alcanzando el teléfono móvil que reposaba sobre la mesa, marcó un número y, al cabo de unos segundos, ordenó—: Valeria, haz el favor de traer un vaso para doña Elisenda.
—Otra vez con el dichoso «doña». —Meneó la cabeza fingiendo más descontento del que en realidad sentía y al final agregó, sonriendo—: No tienes arreglo...
—Ya, ya..., pero cuéntame cómo es el tal Adriano Peiró.
—Y que anda floja de memoria, la niña... Pues no hay mucho que contar: es alto, fuerte, atractivo, respetuoso y extremadamente inteligente.
—¿Soltero?
—Lo ignoro, no hemos...
La recia figura de Valeria surgió de las penumbras de la casa y se aproximó a ellas. Traía el vaso y una sonrisa. Siempre que estaba en presencia de su pequeña Alma, sonreía de corazón. Una corpulenta guardiana que parecía haber sido especialmente adiestrada para mantenerse al margen.
—Hola, Elisenda. ¿Qué tal, el masaje?
—Bien. Veremos cómo me siento mañana.
—¿Necesitáis alguna cosa más?
—No, Valeria. Gracias.
—Pues entonces os dejo.
Elisenda asintió con la cabeza y se quedó embobada hasta que Valeria entró en la casa.
—De verdad te digo que me cuesta acostumbrarme a ella.
—Tú y tus aprensiones...
—Claro, como a ti te ha criado... —Se estrujó las manos mientras cavilaba—. Algo parecido pasa con los perros... ¿Te acuerdas de Antares?
—Perfectamente.
—Era una perra buenísima, incapaz de lastimar a nadie sin motivos, pero su sola presencia infundía temor. Yo la adoraba, ya lo sabes, y, puesto que estaba mejor educada que muchas personas, solía llevarla siempre conmigo. En resumidas cuentas, el caso es que me veía constantemente en la obligación de tranquilizar los ánimos de las personas que se cruzaban en nuestro camino. Les decía que la acariciaran, que le diesen unas palmaditas en el lomo, que le demostraran cariño, pero casi nadie se atrevía a hacerlo. Tu misma madre torcía el gesto cuando aparecía por aquí con ella.
—Lisi, es que era una dóberman y, además, enorme.
—Ya, como Valeria. A mí me pone la piel de gallina, eso te lo aseguro. Sí, me cuesta acostumbrarme a ella... ―Meneó reflexivamente la cabeza―. Bueno, ahora que la veo a diario, creo que lo conseguiré. ¿Sabes a quién me recuerda?
—Sí, a la enfermera loca de Misery.
—¿Ya lo había dicho?
—Varias veces, pero lo que aún no me has dicho es lo que te ha hecho ese masajista tan guapo e inteligente.
—Oooh —se tapó la boca—, qué apuro... Medio desnuda en manos de un desconocido... Y tenías que haber visto con que pericia me desabrochó el sostén. En las películas antiguas, los hombres siempre se mostraban torpes en esos asuntos... Ahora que... —se echó a reír entre dientes.
—¿Qué?
—Que peligro no corría, desde luego, porque iba bien protegida —y volvió a reír por lo bajo.
—¿Qué quieres decir?
—Las bragas, cielo: llevo unas horribles bragas de monja (te aseguro que no recuerdo por qué las compré) que tienen que haberle dejado boquiabierto, al pobre. —Bajó la mirada, azorada—. Me pregunto que habrá...
—¿Bragas de monja, dices?
—Sí, unas de ésas que te llegan hasta el ombligo y te tapan la mitad de los muslos, tejido grueso y refuerzos por todas partes.
—Yo he pensado en hacerme monja —articuló Alma con sutileza, sonriendo sin enseñar los dientes, y a renglón seguido debió de pasársele por la cabeza algún pensamiento particularmente triste, pues parpadeó emocionada, soltó un sentido suspiró y, abatida, agachó la cabeza y se tapó la cara con las manos al tiempo que susurraba—: Yo creía que estas cosas solo les pasaban a otros... ¿No te parece patético, este mundo?
Elisenda se puso en pie para colocarse tras ella. Le rodeó el cuello con los brazos. Alma comenzó a agitarse, a sollozar, y entonces Elisenda se volcó sobre la joven en un abrazo tan incómodo como sincero. Al cabo de un lapso de tiempo indeterminado, inquirió Alma:
—Lisi, ¿cuánto te duró a ti la pena?
—No estoy segura, pero creo recordar que el primer año fue el más agrio.
—Pues entonces aún me queda un largo camino.
—Bueno, yo solamente perdí a mi marido, aunque es cierto que en ocasiones pesa más un marido que toda una familia. —Se aclaró la garganta y tragó saliva—. Cada caso es diferente. El tuyo, por ejemplo, es particularmente trágico porque los tres eran jóvenes. Y tardarás más en olvidarlo porque tu invalidez no te va a permitir estar lo suficientemente ocupada. ¿Te molesta que hablemos de estas cosas?
—Todo lo contrario: necesito aceptar mi incapacidad y la única forma de conseguirlo es hablando de ella.
—Eso pensaba. —Volvió a tomar asiento en el banco—. Cuando yo perdí a Fausto me sumí en una depresión muy profunda: pasé varias semanas encerrada en el piso, prácticamente muerta en vida, sobreviviendo por inercia.
—¿Y cómo saliste adelante?
—Trabajando. El director del instituto se presentó en casa y me dijo: «Elisenda, los chicos te necesitan», y al día siguiente estaba dando clase como si tal cosa. Y eso, estar ocupada, es precisamente lo que a ti te va a resultar más difícil.
—Creo que exageras: muchos inválidos trabajan. Y yo lo tengo más fácil porque puedo elegir empresa y puesto.
Elisenda sonrió ampliamente. Se puso en pie y tomó las manos de Alma entre las suyas. Se miraron con franqueza. El Sol se estaba poniendo tras las montañas, el aire se veía limpio y los pájaros trinaban gozosos. «Tengo todo lo que una chica puede desear —pensó Alma—: juventud, belleza, dinero. Lástima que mis piernas estén exánimes.» E inquirió dulcemente:
—Lisi, si me meto a monja..., ¿me regalarás tus bragas?

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