Nadando contracorriente



(Así comienza esta novela. Se publicó en 2000. De una tirada de 2.500 ejemplares, quedan menos de 100. Para la segunda edición: llevaré a cabo las pertinentes correcciones).

UnA página a modo de prefacio

Antes que nada quisiera rendir un pequeño homenaje a Epicuro, que allá por el 300 a.C. vino a decir:
La verdadera felicidad consiste en la serenidad resultante del dominio de todos los miedos.
Y...  
Sé juicioso y opta por los términos medios. Mantente alejado de las inquietudes de la vida y acepta con alegría las consecuencias de tus actos. El bien es el placer; el mal, el dolor; goza del primero y huye del segundo, pero goza con moderación y gozarás más tiempo y mejor. El principal deleite está en el espíritu, porque el de la carne, además de ser pasajero y limitado, siembra gérmenes de dolor que duran toda la vida. El placer espiritual, por el contrario, como resultado de la calma imperturbable del alma, constituye la vida de agradable bienestar. No son los más refinados goces los que crean la felicidad, sino la moderación que se contenta con poco, que vive con régimen. No es desgracia el no vivir; cuando la muerte llega es solo una liberación para nuestra alma; luego si la muerte no puede causarnos disgusto con su presencia, su pensamiento no puede turbarnos cuando la consideramos en el porvenir y por tanto no debemos temerla. No pienses en la inmortalidad del alma y en una futura retribución porque tales ideas solo te traerán infelicidad. No pidas nada a Dios porque Él no tiene nada que ver con los asuntos humanos. Lleva una vida alegre, tranquila, callada; no aspires a la gloria ni a los honores. No reprimas los instintos sensibles, pero no los dejes tampoco enseñorearse. Y busca la amistad en su más puro estado.
Esto es, lógicamente, un extracto de su filosofía después de que yo me haya permitido la libertad de limar algunas insignificantes asperezas. Y, sinceramente, no creo que él se lo tome a mal, ¿verdad que no, Epi?



I   Miércoles

Se podría pensar que aquella llamada fue el detonante, que con ella comenzó todo, pero lo cierto es que solo contribuyó en su justa medida, porque, a lo largo de los últimos veinte años, Marcos no había hecho otra cosa que levantar castillos en el aire y su artificioso mundo hacía ya mucho tiempo que tenía los días contados. Pero, en cualquier caso, fue nada más colgar el auricular cuando volvió la vista atrás y comprendió súbitamente que su vida se hallaba asentada sobre la ciénaga de la mezquindad, el egoísmo y la hipocresía, y sintió vergüenza al darse cuenta de que el empeño que había puesto en conseguir y mantener su actual posición constituía la más necia de las servidumbres. Y entonces se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse.
La casa estaba en silencio y sumida en la penumbra porque el timbre del teléfono le había pillado tocando la guitarra. Observó la serenidad de las cosas y de sus sombras y se juró no volver a traicionarse, y, para no olvidar su juramento, tomó la determinación de infligirse un corte en el rostro con la intención de que la cicatriz resultante se convirtiera en eficaz recordatorio de su grave error.
Mientras se aprestaba para recibir el castigo que ese corte suponía, le vinieron a la cabeza las palabras de su hermano: «Papá se ha caído y está en el hospital», y este pensamiento le anudó la garganta. Pero el previsible hecho de que su padre estuviera hospitalizado no era lo que le angustiaba: el patriarca contaba muchos años y, aunque solo le veía una vez al año y a veces ni siquiera eso, estaba al corriente de su precario estado de salud. Lo que en realidad le desasosegó fue la certeza de que su padre le odiaría si no hacía algo. Y no iba a resultar fácil hacer algo.
No tardaron en venirle a la cabeza los mil entrañables ratos que habían pasado juntos. No cabía duda: quería al viejo. Y sin embargo le había abandonado…, o al menos no le había prestado todo el caso que merecía, aunque lo de merecerlo no estaba muy claro, porque el hombre tenía un carácter ciertamente insoportable. Sonrió con añoranza al recordar su peculiar forma de ser que condensó para sí en dos palabras: «Insufriblemente franco».
Fue a la cocina y se sirvió una cerveza. Sus ojos se perdieron en la espuma mientras intentaba poner en orden sus ideas. Al principio solo pensó en ir por su progenitor y traérselo a casa. Y esté simple hecho ya encerraba un sinfín de problemas. «¿Qué problemas? —se preguntó. Y se respondió—: Problemas con Ángela.»
Ese fue su primer error: casarse con la mujer equivocada. Bueno, su primer error consistió más bien en hacerlo con ella, porque de no haber sido por aquel embarazo…
¡Qué bien se le daban las chicas entonces!…
Su padre ya lo puso de manifiesto en su día: «Esa joven es una putita». Y él replicó indignado: «¿Acaso la has visto haciendo la calle…, o es que ahora eres adivino?». Tenía carácter, en aquellos tiempos, pero aun así fue su padre quien dijo la última palabra: «No lo digo en ese sentido, bobo; me refiero a que es extremadamente materialista».
Y al final, tal como si la desgracia estuviera presente en este mundo en mayor medida que la fortuna, la razón se puso una vez más de parte del incombustible agorero: Ángela era una puta. Eso sí, una puta de altos vuelos que únicamente utilizaba sus encantos para conseguir cosas de cierta importancia, como por ejemplo llegar al último piso de “Mocholí e hijo”. Pero lo que a Marcos le disgustaba no era que su mujer coquetease con sus superiores para conseguir mejoras laborales. A fin de cuentas él también lo hacía. Su esposa utilizaba su cuerpo y él la aprendida simpatía; carne y fariseísmo. No, lo que no soportaba era que Ángela disfrutase con dichas actividades, que se lo pasase bomba retozando con Mocholí-hijo y haciéndole carantoñas y ¡quién sabe qué más! a Mocholí-padre.  
Dio un largo trago y encendió un cigarrillo. Observó distraídamente la espaciosa cocina que tan hogareñamente había decorado Ángela. Tenía gusto, la condenada. Pensó en la casa y en ella y llegó a la conclusión de que tenían mucho en común, mientras que por el contrario, a él, ese lujoso chalé en las afueras de la ciudad le era totalmente ajeno. Sonrió con tristeza al pensarlo. «Solo coincidimos en el gusto por los automóviles —se dijo—, aunque quizá el único motivo por el cual Ángela se ha comprado uno como el mío, es porque sabe que soy un fanático de los coches y que de esa forma no se va a equivocar. —Y después de sacudir la cabeza irritado—: Hasta el mismo color, ha elegido la muy comodona.»  
Salió al jardín y se apoyó en la formidable morera que plantara quince años atrás. Alzó la barbilla para mirar los incipientes brotes de mediados de marzo. Ese árbol… Cuando lo plantó apenas si medía dos metros y ahora sobrepasaba los ocho y en verano creaba una amplia sombra bajo la cual pasaba largos ratos leyendo, oyendo música o simplemente reposando. «Este árbol podría muy bien simbolizar mi éxito —pensó—: mi excelente empleo, mi soberbia casa, mi encantadora familia y mi saneada cuenta bancaria.» Apuró la cerveza y dejó el vaso sobre la mesa de piedra. «Aunque sería más acertado decir: ese aburrido y exasperante trabajo que mantengo a base de aguantar lo inaguantable, esta casa que en realidad es de Ángela, esas dos personas con las que comparto techo y el podrido dinero que he ganado a costa de empeñar mi alma.»
Pero no siempre fue así. Los dos o tres primeros años fueron de película. Tan felices estaban que, si le hubiesen dicho que aquello se iba a acabar tan bruscamente como empezó, se hubiera echado a reír con ganas. Sí, al principio pensó que la luna de miel duraría toda una vida.
Le dio una palmada a su morera y paseó hasta el muro. Se quedó observando el diáfano y reposado atardecer. Estaban en la semana fallera y solo trabajaban hasta mediodía. Unos años atrás hubieran estado juntos, pero ahora Ángela prefería salir con sus amigas. Y por su parte, él tampoco tenía especial interés en su compañía. Efectivamente, todo había terminado, pero sin embargo seguían juntos y nadie podía sospechar que su relación estuviera tan seriamente dañada. Ni siquiera Eva, su hija. Y es que si Ángela seguía una doctrina, ésta venía dada por el dios del disimulo; guardar las apariencias era tan importante para ella que no había permitido que su relación se deteriorase completamente y todavía insistía en cumplir con sus obligaciones conyugales al menos tres o cuatro veces al mes. Y lo hacía con tal pasión que, mientras duraba el acto, lograba convencer al mismo Marcos de que aún había algo entre ellos. 
Volvió a entrar en la casa. Se sirvió otra cerveza y caminó con ella en la mano hasta el dormitorio. Abrió el armario de par en par. Cogió una camisa, la miró y la arrojó sobre la cama. Observó los trajes con cara de asco. «Vaya colección de disfraces…», pensó. Dio unos pasos y movió la puerta basculante del zapatero; la cerró. Respiró hondo y tragó saliva. Sacó una maleta del altillo y la llenó de ropa interior: la única que había comprado a su gusto. Se contempló largamente en el espejo: «¿Qué he hecho?». Su hermano le había dicho: «Creo que habrá que instalar al viejo en una residencia: se niega rotundamente a vivir con nosotros y ya no puede valerse por sí mismo. Por eso fuimos ayer a visitar uno de los mejores centros geriátricos de Burgos. Oye, es un lugar de ensueño, ¿sabes?». Pero el no podía dejar de repetirse: «Quieren recluirlo en un asilo».
Por lo visto todos habían enloquecido… Mas lo que en ese momento le preocupaba no eran los demás: podían irse todos al infierno… Lo que le inquietaba era el temor de no conseguir su propósito, de no poder dejar de pertenecer a ese desmedido grupo de dementes. Y al meditar sobre este extremo le asaltaban las dudas: «¿No seré yo el loco? Quizá estoy al borde de una crisis nerviosa… ¿No me estaré equivocando?». Pero tales dubitaciones se esfumaban pasados unos segundos, porque no eran otra cosa que artimañas que su conciencia utilizaba para asegurarse de que el camino escogido era el correcto.
Se paró frente a la ventana. El sol estaba muy bajo; pronto se pondría. Revivió aquella lejana escena en la que Ángela, después de seducirle, se tumbó boca arriba sobre la cama. El sol poniente teñía su piel de oro. Marcos, acodado a su lado, miraba su amplia sonrisa diciéndose que nunca olvidaría ese momento. Entonces ella musitó: «Me acabo de quedar embarazada».  Nueve meses después nacía Eva.
«Le dolerá que me vaya —se preguntó. Y se respondió—: No, porque es la viva imagen de su madre: ególatra, ambiciosa, estudiadamente lunática y, salvo en contadas ocasiones, fría como un androide.» Y le extrañaba que no se hubieran deshecho de él, porque, aparte de no tener nada en común, estaba claro que su presencia les molestaba. Decididamente, madre e hija eran tal para cual y él no hacía otra cosa que romper la armonía.
Desechó cualquier pensamiento respecto a ellas y trató de concentrarse en la tarea de recoger los cuatro trastos que consideraba puramente personales: sus útiles de aseo, los discos compactos de los años setenta, las cañas de pescar y la guitarra. Los metió en el maletero y se quedó junto al coche. «¿Algo más?» Tenía la mente en blanco, así que entró por enésima vez en la casa y la recorrió de cabo a rabo por si se le olvidaba algo de importancia; solo añadió a su colección algunos documentos, ocho libros de Henry Miller, una manta y el revolver que utilizaba para tirar al blanco.
Una vez estuvo seguro de que cualquier cosa que olvidase no le quitaría el sueño, sacó el auto del garaje y lo aparcó en la calle. Volvió a penetrar en el chalé —al cual ya no tenía intención de volver jamás— y escribió una nota que dejó sobre la mesa de la cocina:

Querida Ángela

No pudiendo aguantar más esta ridícula situación, he tomado la irrebatible decisión de marcharme para siempre. Prepara el papeleo del divorcio y llámame al móvil cuando llegue el momento de firmar.


P.D.   No quiero nada. (Salvo el dinero de mi cuenta personal, claro.)
                              Tuyo afectísimo
                                                          Marcos


Sacó dos botellas de agua de la despensa y las metió junto con un par de toallas pequeñas en una bolsa de deporte. Miró su reloj: las siete y media; buena hora para comenzar una nueva vida. Y aún pudo sonreír, como aquel que, después de haber estado largo tiempo perdido y tras pasar innumerables visicitudes, ve por fin la luz.
«Parece ser que, después de todo, es verdad que el dinero no hace la felicidad», se dijo, y, mientras atravesaba el salón camino de la puerta, sus ojos brillaron como antaño porque de nuevo sentíase libre.


2 comentarios:

  1. Es genial, la recomiendo, muy intensa hasta el final.

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  2. Pues pronto habrá una segunda edición (revisada) porque esta primera del año 2000 (2500 ejemplares) se agota por fin. Si hacemos cuentas, se han ido vendiendo a razón de 150 por año. Cifras de escritor desconocido.

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